Alabanzas

Tuesday, September 4, 2012

Tiempos Peligrosos

..en los postreros días vendrán tiempos peligrosos..
También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. (2) Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, (3) sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, (4) traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, (5) que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. (2Ti 3:1-5 )
Edward Cleary, de Providence College, sociólogo, misionero por muchos años, hizo un estudio sobre el verdadero estado de la Iglesia Evangélica en América Latina. Expone las supuestas cifras que por años se han publicado:
  • Se ha dicho que el 50% de la población en Guatemala son cristianos, pero en realidad no llega al 25%.
  • De Chile dicen que 28% – la realidad es de apenas el 18%
  • Brasil 21.8% – con una realidad del 15%
  • México 20% – cuando no llega al 8%
Se habla por todos lados de un gran avivamiento y de multitudes que vienen a Cristo pero en realidad hay un estancamiento. Se “convierten” muchos, pero también muchos abandonan las iglesias.
En este estudio se encontró que el 43% de las personas que nacieron en familias evangélicas han desertado del cristianismo.
El 68% de los que se bautizaron en la década de los 80 ya se han retirado de la iglesia.
Esta misma realidad se encuentra en USA y Canadá. El 57% de los desertores afirmaron haber recibido alguna sanidad física en un evento público. Recibieron un milagro pero no tuvieron un cambio de vida verdadero.
¿Por qué esta deserción? Firmemente considero que la respuesta es que se ha dejado de lado la palabra de Dios y se está predicando un evangelio enfocado en los anhelos humanos y no en lo que Dios dice que debemos hacer. El resultado: la apostasía.

Pablo, en este pasaje a Timoteo, advierte que vendrían tiempos peligrosos. Tiempos peligrosos en el original se refiere a tiempos difíciles, feroces, duros.“También debes saber”: saber es un deber. Dios no bendice la ignorancia. Para saber hay que buscar.
Y la palabra saber utilizada es el griego ginósko que significa conocer, notar, reconocer, entender e informarse.
Pablo le dice a Timoteo que entienda estos tiempos, que los reconozca, que se informe. Dios nos instruye con su palabra pero también debemos “ver a nuestro alrededor”.
Estamos en los últimos días e ignorarlo sería un gran error.
Regresando al versículo: Vendrán: en el griego también es asentarse sobre, permanecer.
Tiempos duros se asentarán, vendrán y se quedarán. Tiempos feroces, duros de llevar y difíciles de enfrentar.
¿Por qué son así los últimos días? La respuesta no gusta a muchos pero está en el versículo 2: “Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos …” Pablo despliega una lista con rasgos del carácter.
Esta lista de hombres: ¿son del mundo o están dentro de la iglesia?
Pablo está hablando de gente dentro de la iglesia (versículo 5) -”que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita”. Vemos que se refiere a la cizaña dentro de la iglesia, a falsos ministros, falsos cristianos llenos de avaricia y de hipocresía, sedientos de ser reconocidos.
Pablo usa la palabra morfóo: apariencia. Si algo tenemos ahora es un gran énfasis en la apariencia, una proyección de imagen. Ahora muchos ministros, antes de salir al púlpito, tienen sus peinadores, maquillistas y asesores de imagen. Se preocupan por dar la impresión de que son de Dios, pero no tienen una experiencia interna real con él.
Apariencia de piedad: La palabra para piedad es gr. eusébeia: ir en pos de Dios, hacer lo que agrada a Dios. Hombres que dan la apariencia de que van en pos de Dios, que hacen lo que agrada a Dios. Estos deslumbran a la gente con 2 o 3 versículos pero no disciernen lo que realmente están diciendo.

Sin embargo, estos hombres negarán la eficacia de la piedad: esta gente va a rechazar el poder que tiene la palabra de Dios. Van incorporando poco a poco métodos humanos, hacen a un lado la verdadera doctrina y meten filosofías humanas, psicologías humanas. De una manera sutil, dejan de lado las palabras de Dios y usan palabras elocuentes.
A estos hombres, evita: en el original significa rechazar, contradecir. A estas personas debemos evitar, rechazarles y contradecirles con la palabra de Dios.
Debemos conocer las escrituras para poder enfrentarlos y saber contradecir las falsas doctrinas.
Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; (4) porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, (5) derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2Co 10:3-5 )
Es decir, aunque estamos en este cuerpo físico, no militamos en nuestros cuerpos.
Militar: en el griego es “hacer guerra de una manera estratégica”. No hacemos la guerra estratégicamente con armas y estrategias puramente humanas, no con humana sabiduría. Se trata de una batalla de ideas, de pensamientos y filosofías. Esta es la verdadera guerra espiritual: son los pensamientos de hombres contra los pensamientos de Dios. Nosotros debemos elevarnos a lo que dice Dios.
Solo debemos enfocarnos en lo que dice Dios, no en lo que dicen los hombres (sea cual sea el maestro que enseña). Dios quiere que prediquemos SUS palabras, no las nuestras. No peleamos con nuestra sabiduría.
Veamos 3 palabras importantes en esta escritura:
  • “Porque nuestras armas” (v.4) – en el original también significa herramientas, armas de guerra.
  • “De nuestra milicia” – en el griego también es conflicto
  • “No son carnales” – también se puede traducir como “pensamientos puramente humanos”.
Podríamos leer así el texto: “Las herramientas con las que enfrentamos el conflicto (la batalla espiritual) no es con pensamientos puramente humanos”.
Entonces, recapitulo: vienen tiempos peligrosos debido a hombres amadores de sí mismos que aparentarán piedad. Evítalos y contradícelos, no con sabiduría humana, sino con las palabras de Dios.
Sin embargo, nuestras armas son poderosas en Dios. En el pasaje de Efesios 6 se nos describen algunas de estas armas: nuestro calzado es la palabra de Dios, ceñidos nuestros lomos con la verdad de Dios, con el escudo de la fe (confianza en Dios y también se refiere al evangelio) y la espada de la palabra del Espíritu.
Espada Romana — MachairaLa espada es la única arma ofensiva que se menciona en el texto. Se utiliza el griego machaira que era una espada corta utilizada por los romanos para pelear cuerpo a cuerpo., una lucha cara a cara. Esto implica que si no atacamos acertadamente, ellos nos herirán a nosotros.
Estas armas son poderosas (gr. dunatos: más poderosas). Esas ideas falsas tienen poder, pero las ideas de Dios son más poderosas porque nos pueden hacer nacer de nuevo, nos dan vida, nos sanan de tormentos y de dudas.
Estas armas son para la destrucción (en el griego “demoler, hacer polvo”) – son armas para hacer polvo fortalezas. No estamos hablando de la fortaleza del narcotráfico o del homosexualismo. Vemos en el texto que son pensamientos. No se derriban “atando”, sino hablando la palabra de Dios.
Fortaleza: gr. ocurama - ideas y pensamientos. Se trata de ideas y pensamientos que descansan puramente en la sabiduría humana.
En el versículo 5 dice derribando: gr. arrojar al suelo, es un acto violento, refutar, destruir. El verbo daba la idea de cavar alrededor de un tronco para poder cortar las raíces. Nosotros derribamos hasta el suelo esas ideas puramente humanas. Habla de un trabajo laborioso, porque estos pensamientos erróneos han hecho raíz en las personas, se han arraigado en la mente de los individuos.
Derribando argumentos (el texto no habla de demonios). Más bien, usa el griego logismos: razonamientos, pensamientos, ideas, consejos. Son logismos contrarios a la palabra de Dios.
Algunos no quieren argumentar en pro de la “paz y el amor”, por la “unidad del cuerpo de Cristo”. Pero el amor sin verdad es error. No podemos ceder ante la verdad del evangelio. Ninguna “unidad” es válida cuando se trata de guardar la verdadera palabra de Dios.
Estas armas también son poderosas para derribar toda altivez: en el griego júpsoma: significaba algo que se eleva en sí mismo. Pensamientos que se elevan por encima de los de Dios. Olvidando que los pensamientos y caminos de Dios están por encima de los nuestros. Es derribar pensamientos que se quieren levantar contra el conocimiento de Dios, contra el conocimiento espiritual del pensamiento de Dios.
Hermanos, NO enfrentamos estos tiempos peligrosos con aceititos y cosas raras, ni actos sin fruto; sino con la palabra de Dios, con el conocimiento que se adquiere estudiando su palabra. Su palabra está escaseando porque hay mucha psicología humana metida en la iglesia.
Llevando cautivo: gr. subyugar, someter, llevar bajo control. En este texto: ¿A quién sometemos y tenemos bajo control? No al diablo, sino a nuestros pensamientos.
Subyugar es la forma en que un policía arresta a un ladrón: no lo hace con dulzura, lo hace con fuerza, no con caballerosidad o como si el ladrón fuera un cliente selecto, sino con dureza.
Todas esas ideas mundanas deben ser derribadas con violencia. Llevando cautivo todo pensamiento: en el original se refiere a planes, ideas, razonamientos, habla del ingenio humano, de la habilidad humana para crear.
Hay ideas “creativas” y planes que deberían ser derribados porque son netamente humanos. Por ejemplo, ahora a cobrar por una actividad le llaman “costos de recuperación” cuando la Biblia nos dice que demos de gracia lo que recibimos de gracia. Jesús nunca cobró por sus enseñanzas ni milagros. Él tocaba a la gente y les enseñaba con compasión sin una tarifa.

Sacado de Casa de Oracion

Tuesday, August 21, 2012

¿Por qué sufren los cristianos?


¿Por qué sufren los cristianos?
Eliseo Apablaza
Quisiera, con la ayuda del Señor, compartir hoy algunas cosas relacionadas con los padecimientos o los sufrimientos que un cristiano tiene, intentando delante del Señor buscar algunas razones por qué sufren los cristianos.
No pretendemos decir todo en un mensaje, encontrar todas las causas, todos los porqués; pero algunas cosas quisiéramos exponer, de lo que el Señor nos ha mostrado en este último tiempo, para que estemos apercibidos, para que sepamos cómo enfrentar las dificultades cuando vienen.
La santidad encarnada
Vamos a comenzar viendo algunos versículos en 1ª de Pedro 1:15-16: "...sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo".
¿Qué tiene que ver esto de la santidad con el sufrimiento de los cristianos? El Señor dice: "Yo soy santo". Nosotros sabemos que Dios es santo; nosotros cantamos una canción que dice: "Santo, santo, santo". Los ángeles también cantan esa canción. En los cielos hay alabanzas por la santidad de Dios.
Pero también dice: "...como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir". El camino de la santidad nos produce muchas veces dolor, sufrimiento. Como un hermano ha dicho, si queremos caminar con Dios, tenemos que hacerlo a su manera, no a nuestra manera. Dios no se acomoda a nuestra manera de vivir; somos nosotros los que tenemos que acomodarnos a la manera de Dios.
Y en nosotros no mora el bien; en nosotros está el pecado. Desde que Adán cayó, toda la raza humana cayó, y es esclava del pecado. El Señor Jesucristo vino para darnos vida, para darnos libertad. ¡Bendita es la obra del Señor Jesús en la cruz! El Señor Jesús nos justificó, según Romanos 5, y según Romanos 6 nos santificó, y según Romanos 8 nos glorificó. Qué preciosa enseñanza, qué preciosa realidad encontramos en Cristo.
Pero, hermanos, el hecho de que el Señor nos haya santificado al morir en la cruz, juntamente incluyéndonos a nosotros, el viejo hombre, esa santidad de la cual se habla allí es una santidad imputada, una santidad atribuida. "Él es santo y él nos santifica", dice en otra parte la Escritura.
Pero, para que esa santidad de Dios pueda encarnarse, pueda verse en nuestra vida, ahí hay un motivo de sufrimiento, porque nosotros, a buenas y a primeras, no vamos a acomodar nuestro paso al paso de Dios. Sabiendo que él es santo, nosotros vamos a querer conservar todavía algunas viejas maneras de ser, algunas viejas maneras de vivir, y vamos a querer seguir llevando con nosotros muchas cosas que el mundo hace, que el mundo dice.
Eso puede suceder durante algún tiempo. Podemos vivir la vida cristiana dos, tres, cuatro años, cinco años, y a nosotros nos parece que es posible vivir así, diciendo: "Tú eres santo, santo, santo", y nosotros viviendo de una manera "pecaminosa, pecaminosa, pecaminosa".
Puede pasar algún tiempo en que eso sea así; pero puede llegar y debe llegar un día en que Dios nos dice: "A ver, un momentito, tú dices que yo soy santo, y que yo soy tu Padre. A ver, acomodemos un poco tu vida, hagamos algunas adecuaciones en tu vida, para que tú, cuando me digas que yo soy santo, eso salga de una boca que es santa, y proceda de una vida que es santa". No sólo esta santificación atribuida o imputada, de que porque él es santo nosotros somos santificados en él. No, sino que nosotros seamos transformados en santidad; es decir, la santidad impregnada, personificada, en nosotros.
Ustedes conocen esa palabra que dice: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios". Y Verbo se puede traducir como Palabra. Entonces, podemos decir también ese versículo así: "En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios". Y leyendo más abajo en el versículo 14 de ese mismo capítulo dice: "Y aquel Verbo fue hecho carne". Es decir, "la Palabra se hizo carne". Eso se dice del Señor Jesús.
Pero, he aquí, hermanos, un gran acontecimiento tiene que suceder en nosotros también. "La Palabra se hizo carne". En ti y en mí, la Palabra tiene que hacerse carne.
En el caso del Señor Jesús, primero estaba la Palabra, porque él era eternamente la Palabra, y luego se hizo carne. En nosotros, al revés, primero somos carne, y después recibimos la Palabra, y nos transformamos de acuerdo a esa Palabra, de tal manera que nosotros seamos también una Palabra encarnada.
Cuántas cosas estamos creyendo nosotros, confesando, sin que eso sea vida, sin que eso esté encarnado en nosotros. Cuando el Señor, en un momento dado, nos muestra cuántas cosas yo digo que no están encarnadas, eso produce una sensación muy grande de dolor, de vergüenza.
Participar de su santidad
Hebreos 12:10: "Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad". Dice aquí que el Padre nos disciplina para que participemos de su santidad.
Ahora, quisiéramos destacar la palabra 'participemos'. ¿Qué significará 'participemos'? Para que nosotros participemos de su santidad. ¿Significará algo así como 'conocer'? ¿Para que 'conozcamos' de su santidad? No. 'Participar' tiene que ver con la vida, algo práctico.

En realidad, participar de su santidad es llegar a ser santo como él es santo. Pero eso, no en doctrina, hermanos, no en conocimiento bíblico, sino en nuestra carne, nuestra alma. Entonces, he aquí una causa, un motivo de dolor y de aflicción.
En el Salmo 39, hay un versículo que es dolorosamente real. Dice: "Con castigos por el pecado corriges al hombre, y deshaces como polilla lo más estimado de él". Aquí está de nuevo la disciplina. La disciplina viene como una corrección por el pecado. Pero luego dice: "...y deshaces...". O sea, junto con corregir por el pecado, dice que deshace como polilla lo más estimado de él. Y eso produce dolor.

¿Qué cosas el Señor está deshaciendo en nuestras vidas? Cosas estimadas, cosas valoradas; cosas que nos producen satisfacción, nos producen orgullo. El Señor deshace todo eso. El camino de la santidad es un camino doloroso.
No estamos hablando aquí, como digo, de la doctrina, de la enseñanza de la santidad, sino de la vivencia, de la encarnación de la santidad en nosotros. Entonces, en un profeta se dice: "¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo?". El Señor nos dice: "El que quiere ser mi discípulo, tome su cruz y sígame". Ya seguimos al Señor Jesús, pero, ¿de qué manera lo seguimos, a la manera nuestra o la manera suya, con las normas nuestras o con las normas suyas? El Señor nos dice: "O andas a mi manera, o no andamos juntos. O tú cambias... Yo no voy a cambiar para acomodarme a ti". Esto es fuerte.
Un hermano dice: "Las condiciones para tener compañerismo con Dios no son fáciles; son severas". Por ejemplo, es necesaria una verdadera separación del mundo. No podemos marchar nosotros al son de dos melodías – la melodía del mundo y la melodía del evangelio. Y las melodías del mundo son muy seductoras. No podemos ir con Cristo y, al mismo tiempo, ir con todas las demás cosas que cargamos o traemos del mundo.
La exigencia del Señor Jesús trae una gran perturbación al corazón, trae un momento de 'impasse' muy fuerte. Puede haber un momento en que no entendemos nada qué está pasando. Aparentemente, lo he hecho todo bien; aparentemente, todo está normal. Pero por dentro hay un verdadero temporal; en el corazón, hay un terremoto. El día se nubló. "¿Qué pasa, Señor?".
Puede pasar algún tiempo, algunos días, semanas, a veces, meses. Puede ser que no entendamos qué pasa, hasta que de pronto el Señor nos empieza a dar luz acerca de cuantas cosas tienen que ser removidas en nosotros. Y el Señor nos dice: "Si quieres caminar conmigo, tienes que hacerlo a mi manera, bajo mis principios, según mis normas; porque yo soy santo".
"Señor, pero, a ver, ¿en qué punto exactamente está mi problema?". Y el Señor parece que guarda silencio, no nos aclara de inmediato cuál es el punto. Y pasan otros días de desconcierto, de dolor, de angustia. Y de repente, el Señor muestra una pequeña cosita, y después otra cosa. Cómo quisiéramos entonces que el tiempo transcurriera rápido, y que el Señor nos dijera de una vez todo lo que quiere decirnos, todo aquello en que le estamos ofendiendo, todo aquello en que su santidad no es satisfecha en nosotros. Pero a veces suele pasar un doloroso tiempo de espera.

¿Cómo nos hace partícipes él de su santidad? La santidad es dolorosa. Veamos 1ª Juan 1:9: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad". Por mucho tiempo este versículo no lo había entendido con mayor profundidad, porque me parecía que "perdonar nuestros pecados" y "limpiarnos de toda maldad" eran cosas sinónimas. Pecado y maldad, perdonar o limpiar, era como lo mismo. En la traducción que nosotros usamos no está muy claro el sentido original, pero en otras traducciones está mejor. Como ésta: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda iniquidad". La Biblia de Jerusalén dice: "...y purificarnos de toda injusticia".
Entonces, aquí está más clara la diferencia; son dos trabajos distintos que hace el Señor. Por un lado, si nosotros confesamos nuestros pecados, él perdona nuestros pecados en virtud de la sangre de nuestro Señor Jesús. Esa es una cosa. Pero lo otro es purificarnos de toda iniquidad. La purificación tiene que ver con la depuración; nos trae a la mente un horno con un metal -el oro, por ejemplo- que es sometido a altas temperaturas para ser depurado, limpiado. Porque nosotros, de acuerdo a la primera parte de este versículo, podemos ser perdonados de nuestros pecados, pero seguir pecando otra vez, y otra vez, y otra vez.
Pero si el Señor nos purifica de nuestra iniquidad, es otra cosa diferente, es un trabajo distinto. Y ese trabajo de la purificación de la iniquidad no es un asunto de decirlo: "Ya, te purifico de la iniquidad". Cuando alguien perdona a otro, dice simplemente: "Te perdono". La palabra es suficiente. Pero la purificación implica un proceso. Cuando somos perdonados, estamos felices, porque nuestro pecado es perdonado. ¡Gracias, Señor, quedamos libres! Pero cuando somos purificados, eso trae dolor, trae angustia, sufrimientos. Cuando somos perdonados, no somos cambiados. Pero la purificación trae una transformación.
Para perdonar, basta una palabra; para purificar, se necesita el fuego de la aflicción. Por eso, David decía: "Purifícame, y seré limpio". Pero no es asunto de este pecado que tenía que ser perdonado, cuando él pecó contra Dios en lo referente a Betsabé. Lo que David necesitaba no sólo era el perdón; era una transformación, para no volver a hacerlo.
En Zacarías 13:9, hay una palabra profética que tiene que ver con esto. Dice: "Y los meteré en el fuego, y los fundiré como se funde la plata, y los probaré como se prueba el oro". Probar el oro, purificar el oro, someterlo a las temperaturas más altas, para que salga toda la impureza.
Amados hermanos y hermanas, pudiera ser que nosotros hemos sido perdonados de nuestros pecados una y otra vez. Pero ese perdón de nuestros pecados nos puede hasta convertir en un poco insensibles al pecado. Total, la sangre está disponible, hay perdón en la sangre del Señor. Pero, ¡cuidado!, que también con eso, junto con eso, llegará un momento en que el Señor nos purificará de nuestra iniquidad, y eso es doloroso. ¿Para qué? "...para que participemos de su santidad".
Dios utiliza al diablo para tratar con nosotros
Hay también otro motivo de dolor, de aflicción para los cristianos, y tiene que ver con el diablo. Fíjense que, al menos en tres partes, la Escritura es muy explícita al decir que Dios utiliza al diablo para tratar con nosotros. Es como que Dios autoriza al diablo para tratar con nosotros. Claro, nosotros, como creyentes, sostenemos – y es la verdad – una verdad fundamental para nosotros, creemos que el Señor Jesús venció al diablo, que es un enemigo derrotado.
Pero, cuando Dios utiliza al diablo para herirnos, para tratarnos, entonces pareciera ser que el diablo tiene mucho poder, y que aunque nosotros pidamos socorro al Señor, el Señor no nos socorre, parece que todo se confunde: la proclamación no tiene fuerza, el nombre del Señor parece que no tiene poder. El enemigo viene, y con fuerza. ¿Cómo se entiende eso?
¿Se acuerdan en el primer capítulo de Job? Miren lo que dice. Aquí Satanás habla con Dios, y le dice: "¿Acaso teme Job a Dios de balde?". En el versículo 9. "¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra. Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia. Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano...". Aquí Dios autoriza al diablo para que toque todo lo que Job tenía. Y de pronto, de un día para otro, Job pierde no sólo sus bienes, sus animales, sino sus hijos.
El Señor Jesús, en Lucas 22:31-32 dice: "Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte". Satanás pidió a Pedro para zarandearlo y, ¿cuál fue la respuesta del Señor a Satanás? ¿Sí o no? ¡Sí! "Sí, te autorizo". Dice: "Yo he rogado por ti, que tu fe no falte". O sea, el Señor no dice: "Yo he rogado por ti para que no seas zarandeado". ¿Verdad que no dice así? Dice: "...para que tu fe no falte". Para que, en medio del zarandeo, tu fe no falte.
Ahora, hay un tercer caso en 2ª Corintios 12:7-9. Dice: "Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo".
¿Qué pasó aquí? Dios permitió que, de parte de Satanás, hubiera alguien -un demonio, seguramente, o alguna cosa - que abofetee a Pablo. Fíjense lo que significa abofetear a un siervo de Dios. Y Pablo dice: "Por favor, quita al que me abofetea". Y el Señor dice: "No". Aquí está de nuevo Satanás, siendo usado por Dios para tratar con sus siervos.
Ahora, intentemos por un minuto, saber por qué razón Dios permitió que Job fuera tocado; por qué era necesario que Pedro fuera zarandeado, y por qué era necesario que Pablo fuera abofeteado.
Si miramos a los dos primeros, a Job y a Pedro, vemos que se parecen en varias cosas. Primero, ambos sobresalían entre sus iguales. Segundo, ambos tenían ascendiente sobre los demás; es decir, eran personas que estaban ubicadas en un sitial como de liderazgo. Job era una persona respetada en su tiempo, todos los hombres de su época lo admiraban. Pedro, entre los discípulos, era el más prominente. Tercero, ambos tenían un gran concepto de sí mismos. Cuando Job hace uno de sus discursos por ahí, en uno de los capítulos de su libro, habla maravillas de sí mismo. Y Pedro, cuando dice: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo no me escandalizaré de ti; todos podrán hacerlo, pero yo, no". Tenían un alto concepto de sí.
Yo me imagino al Señor viendo a Job, viendo a Pedro; escuchando a Job, escuchando a Pedro, hasta que llega el día en que dice: "Yo a estos dos no los soporto más. ¡Son tan petulantes, son tan presumidos! Ellos no se conocen a sí mismos. Voy a permitir que el diablo los toque, para que quede en evidencia lo que ellos verdaderamente son".
Y entonces, después de todo lo que pasa con Job - que llegó a estar enfermo de una forma horrible, que aun su esposa lo menospreció y le habló duramente - Job llega a humillarse hasta el polvo, hasta las cenizas, y dice: "Señor, yo no te conocía, mas ahora mis ojos te ven. Yo pongo la mano en mi boca para no hablar más necedades. Pongo la mano en mi boca para no hablar delante de ti. Soy un necio".
Y Pedro. ¿Se imaginan esos tres días, mientras el Señor estuvo en la tumba? ¡Cuántas cosas Pedro habrá pensado! ¡Cuántas cosas se habrá lamentado! Por eso, Pedro, después, cuando viene de vuelta, el Señor le dice: "Tú, Pedro, ¿me amas?". Y Pedro le dice: "Sí, Señor, yo, yo te aprecio". "Pedro, ¿me amas". "Señor, yo te estimo". "Pedro, ¿me amas?". "Ah, Señor, tú sabes todas las cosas, tú sabes que yo te estimo". Nunca Pedro se atreve a decirle ahí: "Yo te amo".
En esta versión que nosotros usamos, la Reina-Valera dice: "Yo te amo". Pero en el griego no es la misma palabra; es otra palabra menor, como cuando nosotros decimos: "Yo te estimo, yo te aprecio". Pedro no se atreve ni siquiera a decirle: "Señor, yo te amo", porque recién lo había negado.
Después del zarandeo, Pedro fue otra persona. Entonces, claro, Dios es todopoderoso. El diablo es poderoso; pero el Señor es todopoderoso. Y el diablo, a veces, sin darse cuenta, pero sin poder evitarlo, sirve a los propósitos de Dios, para nuestro bien. Claro, cuando Dios le permite al diablo que zarandee a Pedro, Satanás se va con todo, no sólo para zarandearlo, sino para destruirlo. Porque el diablo quiere destruir. Sin embargo, allí está el límite que Dios le pone.
Dios siempre le pone un límite al diablo cuando trata con nosotros. Por eso, respecto a Job, le dice: "Toca todo lo que él tiene, pero a él no lo toques". Y después, cuando se trata de Pedro, el Señor dice: "Yo he rogado por ti, para que tu fe no falte". Es decir, junto con Dios permitir aquello, él mismo le pone límite, para que no lo destruya, porque si no, nos destruiría. Pero, ¡bendito sea Dios!, él tiene todo poder.
Y aun estas experiencias dolorosas de las cuales estamos hablando son permitidas por el amor de Dios. Todo lo que Dios hace con nosotros, lo hace por amor. Él nos conoce tan bien, él sabe que no hay otra forma para ser purificados, a no ser el fuego de la aflicción, el fuego de la angustia.
Hermanos, en estos días hemos sabido de muchos hermanos y hermanas que están pasando por aflicciones, por pruebas, por tribulaciones. Estamos aquí intentando encontrar algunas causas, algunas razones de por qué sufren los cristianos.
Hemos hablado de que nosotros tenemos que ser hechos santos, transformados en personas santas, y hemos dicho que, para eso, no sólo nuestros pecados tienen perdonados, sino que nosotros tenemos que ser purificados de toda iniquidad. Estamos diciendo aquí que a veces Dios permite que Satanás nos toque. Todas estas cosas pueden suceder.
En el caso de Pablo, él fue abofeteado. Claro, Pablo había recibido tantas bendiciones espirituales, que él podría considerarse un 'súper cristiano'. "¿Quién ha estado en el tercer cielo? ¿Quién tiene la revelación que yo tengo", podría decir Pablo. Y podría decirle a un hermano pequeño: "Y tú, ¿quién eres para que me hables a mí así?".
Entonces, Dios le envía a alguien que lo abofetee. Y una bofetada, ustedes saben, no sólo es dolorosa; sino, más que eso, es vergonzosa. Cuando una persona es abofeteada, yo creo que lo que más le duele es la vergüenza de haber sido abofeteada. ¡Y Pablo era abofeteado! Pero él había aprendido a caminar con ese aguijón, de tal manera que dice: "Me glorío en las dificultades, me glorío en las angustias, me glorío en los golpes que recibo; porque cuando soy débil, cuando soy humillado, cuando soy avergonzado, entonces soy fuerte".
Ahora, aquí hay un asunto importante que tenemos que decir. Hay una parte de la Escritura en que nos dice que nos humillemos bajo la poderosa mano de Dios, que él nos exaltará cuando fuere tiempo. Y dice también que nosotros debemos resistir al diablo.
Aquí hay algo que tenemos que aclarar. Cuando estamos pasando por este tipo de aflicciones, por este zarandeo, cuando sentimos que el enemigo nos hostiliza, nos rodea por todas partes, ¿nos dejaremos llevar para que haga todo lo que quiera con nosotros? ¡No! Nosotros tenemos que, de acuerdo a esta Palabra, someternos, humillarnos bajo la poderosa mano de Dios, y luego, cuando eso ocurra, recibiremos la gracia, la fuerza para resistir al diablo. Aceptamos lo que viene de Dios, en humillación, en sometimiento; pero tenemos que estar atentos para que el diablo no se aproveche de nuestra debilidad.
Someternos a Dios - ahí está la clave. Si nos sometemos a Dios, nos humillamos bajo la poderosa mano de Dios, diciéndole: "Señor, tú eres justo, tú eres santo. Este dolor que me ha venido, esta aflicción que estoy sufriendo, la merecía, Señor. Veo que es necesaria para mí. Veo que este horno de aflicción era preciso que lo viviera. Señor, yo me humillo delante de ti; no tengo quejas, Señor, no tengo reclamos". Eso es humillarse bajo la poderosa mano de Dios. Y estar ahí, en silencio, esperando con paciencia, hasta que la tempestad amaine, hasta que el Sol de justicia se levante.
Escandalizarse del Señor
Aquí hay, entonces, algunas explicaciones al dolor, al sufrimiento. Pero, para terminar, quisiera referirme a otra clase de sufrimiento, que no tiene una muy clara explicación. Veamos Mateo 11:2-6:
"Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro? Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí".
Juan está en la cárcel. Y vemos a Juan aquí, que, por primera vez en su ministerio tan fiel, tan exitoso, él tuvo una duda. Fíjense qué cosa extraña: la duda no la tuvo Juan al comienzo de su ministerio, sino al final. He aquí una debilidad de Juan. Y le envía a preguntar al Señor: "¿Eres tú aquel que había de venir?". Y Juan se olvida que él mismo había dicho: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
Tan grande es su turbación; tan grande es la tempestad que se le vino encima a Juan, que él llega a dudar que ese Jesús sea el Cristo. ¿Quién puede entenderlo? Entonces, ¿qué es lo que hace el Señor para darle la respuesta a Juan? Sana a los ciegos, a los cojos los hace andar; hace un montón de milagros allí, en presencia de los mensajeros de Juan, y les dice: "Vayan a Juan y díganle, cuéntenle. Y díganle. "Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí". ¡Extrañas palabras!
Juan está en la cárcel. Él ha predicado que Jesús vendría con poder, para limpiar su era, para guardar el trigo en el granero y para quemar la paja. Él ha predicado que Jesús vendrá como libertador, lleno de juicio. Y aquí ve a Jesús sanando enfermos, ¡y él, Juan, su siervo fiel, está en la cárcel! Jesús no lo va a ver, Jesús no lo va a consolar. Juan podía decir: "Jesús liberta a los cautivos... y a mí no me liberta".
Este es un punto que también puede sucedernos a nosotros. En algún momento de nuestra vida nos sentimos como encarcelados. "El Señor hace milagros por doquier, pero a mí no me mira, ni me escucha, ni se acuerda de mí. Estoy en la cárcel". ¿Cómo explicamos eso?
Las palabras del Señor a Juan –"Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí"– significan esto: "Bienaventurado es el que no se ofende conmigo, el que no se enoja conmigo, el que no tropieza en mí".
Hay momentos en la vida de un cristiano en que las oraciones parecen no ser respondidas. Y eso produce cansancio, produce desesperanza, desaliento. Y entonces, aun en el corazón de un fiel cristiano, pudiera levantarse una queja contra el Señor. "Todos los demás reciben bendición; yo no. ¿Qué te pasa conmigo, Señor? ¿Por qué me tratas así? ¿No eres compasivo, no eres tierno, no eres misericordioso? ¿No levantas tú al caído? ¿Y yo, Señor?".
Dice el Señor: "Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí", dando a entender con eso que no son muchos, no son todos, los bienaventurados. Es decir, da a entender que hay mucha gente que tropieza en Cristo, que se escandaliza de él, que se vuelve atrás y no quiere seguirlo más. Porque él es muy exigente; porque a veces, cuando pedimos una cosa, el Señor nos da otra. Le pedimos paz, y parece que nos da aflicción; le pedimos paciencia, y vienen problemas. Queremos acercarnos a Dios -¿le ha pasado a usted?- y comienza una multitud de problemas, como si él no nos escuchara, como si él no quisiera que le sirviéramos.
Muchas victorias se obtienen lenta y dolorosamente. ¿Por qué, si él tiene todo poder? El podría hacer así, y este vicio que yo tengo podría ser quitado... Sin embargo, ¡es tan lentamente la forma en que yo obtengo la victoria y con tanta dificultad! Las respuestas de Dios son lentas, a veces demasiado lentas.
Y los silencios de Dios... Usted ha orado por la conversión de sus seres queridos, de algún hijo, de algún nieto. Pero ahí él está, duro, como siempre – o peor que nunca. El Señor guarda silencio. ¿Nos escandalizaremos con él? Diremos: "Señor, por favor, ¿hasta cuándo? ¿Eres o no Dios poderoso? ¿Tienes poder o no para libertar?". Y el Señor guarda silencio. Usted oró, buscando alivio de alguna angustia, y no hay alivio. Parece que la carga es más pesada que antes. Entonces, en esas condiciones, ser leal a Cristo, es cansador, fatigoso.
Algo parecido ocurrió con las hermanas de Lázaro. El Señor estuvo varios días lejos, y Lázaro enfermo. Y Lázaro muere, y él llega después. "Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto". El Señor parecía que estaba distraído. "Está ocupado en tantas cosas; a mí no me ve, no me escucha. Parece que tienes algunos 'regalones', y yo no soy regalón de él".
Cuando nosotros oramos, a veces el Señor dice "Sí", y a veces dice "No". A veces no dice nada. Pero, sobre todo lo que estamos diciendo, por encima de todo lo que estamos diciendo, él nos ama, y su amor por nosotros es doloroso también. Porque el que ama, sufre. "El amor es sufrido". Él sufre por nosotros, con nosotros. Porque él nos ve sufrir, y él sufre, pero él sabe que no hay alternativa para nuestro sufrimiento.
Él dice: "Hijo, yo no puedo evitarte el sufrimiento, porque es a través de este sufrimiento que tu oración va a ser contestada". Porque nosotros habíamos orado: "Señor, quiero convertirme a ti de todo corazón, quiero servirte de todo corazón, quiero amarte de todo corazón. Transfórmame a tu imagen". Y cuando el Señor empieza a contestar la oración, lo hace a través de esto, a través de estas aflicciones. Porque esa es la manera como somos transformados. Esa es la manera, ese es el "Sí" de él muchas veces.
A veces, una oración no respondida es la mayor bendición para nosotros. La razón de sus "No" es enriquecernos, y no empobrecernos; la razón de su silencio es transformarnos, y no destruirnos. Sus propósitos son más altos; no los alcanzamos a ver. Las respuestas del Señor son más grandes que nuestras peticiones. Austin-Sparks dice: "Las palabras del Señor son como plata; pero sus silencios son como oro".
Si usted nunca ha pasado esta clase de aflicción, no va a entender de qué estoy hablando, y puede parecer que este mensaje no tiene mucho sentido. Pero si usted ha vivido algo de esto, sabrá de qué estamos hablando. Sus silencios no tienen una explicación, muchas veces. Pero el Señor nos dice: "Bienaventurado eres si no te ofendes conmigo".
¿Estamos ofendidos con él, porque él no nos ha respondido, porque él no nos ha socorrido a tiempo? ¿Estamos ofendidos con él? ¿Estamos como con un resquemor en el corazón, como con un desánimo? Decir: "No, no sigo más, no puedo más. La vida del mundo es tan fácil, es tan placentera. O, incluso, hay mismos cristianos que parece que nunca viven lo que yo estoy viviendo. No me comprometo más, no me consagro más... ¡Puros problemas!".
Si nosotros tenemos esa actitud, significa que estamos ofendidos con él, significa que estamos tropezando en él, que nos estamos escandalizando en él. Y él le dijo a Juan: "Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí". Es como si el Señor nos dijera: "Mira, yo soy el Señor; yo sé lo que tengo que hacer. No me pidas explicaciones".
Oh, a veces podemos decir: "Jesucristo es el Señor". Fácilmente decirlo. Pero, ¿sabe lo que significa decir eso? Significa decir que él tiene toda la autoridad en nosotros para hacer y para no hacer. Decir: "Tú eres santo, santo, santo", puede costarnos un gran precio en algún momento dado. Porque él no permitirá para siempre que nosotros le digamos eso a él, y que no seamos santos en toda nuestra manera de vivir. ¡El Señor tenga misericordia de nosotros!
Les leo un pensamiento de David Wilkerson para terminar. Dice: "La parte más difícil de la fe es la última media hora, justo antes de cuando Dios te va a responder. Cuando estamos a punto de renunciar, o de escandalizarnos, Dios comienza a actuar". Amén.

Tomado de Aguas Vivas

¿Qué hacer si un cristiano peca?



¿Qué hacer si un cristiano peca?
La voluntad de Dios es que los cristianos no sigan pecando. De hecho, es posible no seguirlo haciendo. Con todo, si un cristiano peca, hay provisión en Dios para recuperar la comunión con Él.
Inmediatamente después de recibir la salvación, se nos manda que no pequemos más (Jn.5:14;8:11). Toda persona salva, debe dejar de pecar.
¿Es esto posible? ¡Por supuesto que sí! Es posible, porque tenemos una vida que no peca, ni tolera el más leve indicio de pecado, ya que es santa como Dios. La vida nueva que tenemos es muy sensible al pecado; si vivimos por ella y le obedecemos, no pecaremos.
Sin embargo, si pecamos se debe a que aún estamos en la carne. Si no andamos conforme al Espíritu, en cualquier momento podemos pecar. Por eso dice en Gálatas 6:1: "Si alguno fuere sorprendido en alguna falta ..."; y en 1ª Juan 2:1: "Hijitos míos ... si alguno hubiere pecado ...". Todo creyente está expuesto al pecado, y es inevitable que peque (1ª Jn.1:8,10). Podemos decir por experiencia que es muy posible caer esporádicamente en el pecado a pesar de ser creyentes. Esto suele ser muy doloroso para un creyente que ama a Dios, y que quiere andar en santidad.

Consecuencias del pecado
¿Perecerá una personas que peca ocasionalmente? ¡No! El Señor dijo: "Y yo les doy vida eterna; y no perecerá jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano" (Jn.10:28). La salvación que recibimos es eterna. Este es un hecho inalterable.
Entonces, ¿no tiene importancia que una persona peque después de ser salva? Sí la tiene. Si un creyente peca, afronta dos consecuencias graves: en primer lugar, sufrirá en esta vida las consecuencias del pecado. El hermano de 1ª Corintios 5:5 fue entregado a Satanás, lo cual es terrible.
El Señor perdonó el pecado de David con la mujer de Urías, pero jamás se apartó la espada de su casa (2 Sam.12:9-13). En segundo lugar, será castigado en la era venidera. Cuando el Señor regrese "pagará a cada uno conforme a sus obras" (Mt.16:27). Pablo dijo que todos compareceremos ante el tribunal de Cristo, para recibir según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo (2ª Cor.5:10).
Aparte de estas dos consecuencias, el pecado interrumpe nuestra comunión con Dios. Para el creyente, tener comunión con Dios es una bendición y un privilegio muy glorioso; sin embargo, si pecamos, la perdemos inmediatamente. Cuando pecamos, el Espíritu Santo es contristado, y la vida en nosotros se siente incómoda, con lo cual perdemos el gozo y la comunión con Dios. Ya no tenemos deseos de leer la Biblia, ni de ver a los hermanos, ni de orar. Es un asunto serio pecar después de haber recibido la salvación. Se apaga la vida de Dios en el corazón.
Pero, ¿qué hacer "si alguno peca"? Si alguno pecare involuntariamente, ¿cómo puede restaurar su comunión con Dios?
El Señor Jesús llevó todos nuestros pecados en la cruz. Los que cometimos en el pasado y los que cometeremos en el futuro. Al momento de ser salvos, fuimos perdonados de todos los pecados que habíamos cometido hasta ese momento, conscientes o inconscientes. Pero hay algo más: Él también llevó en la cruz los pecados que habríamos de cometer después de ser salvos.

Un tipo del Antiguo Testamento
En Números 19 se menciona una vaca alazana. El sacrificio de esta vaca no satisfacía la necesidad del momento, sino una necesidad futura. Una vez degollada, la quemaban con  madera de cedro, hisopo y escarlata. La madera de cedro y el hisopo representan el mundo entero (1 R.4:33); y la escarlata (o grana) representa nuestros pecados (Is.1:18). Todo esto indica que los pecados del mundo se pusieron sobre la vaca alazana cuando ésta fue ofrecida a Dios. Esto representa la cruz del Señor Jesús. Allí se incluyeron todos nuestros pecados, pasados, presentes y futuros, grandes y pequeños.
Luego, se recogían las cenizas y se guardaban en un lugar limpio. Más tarde, si algún israelita había tocado algo inmundo, y necesitaba purificarse, era rociado con el agua que contenía esta ceniza.
Cuando un israelita ofrecía un toro o un cordero como ofrenda por el pecado, lo hacía porque conocía su pecado. Pero la ofrenda de la vaca alazana era diferente. Esta se quemaba, no por los pecados conocidos, sino por los pecados futuros.
Cuando uno pecaba, no necesitaba matar otra vaca alazana para ofrecerla a Dios, sólo necesitaba las cenizas de la que ya había sido sacrificada. De la misma manera, no es necesario que el Señor muera por segunda vez, porque su redención ya se consumó. Las cenizas de la vaca alazana representan la eficacia eterna e inmutable de la redención del Señor.
La eficacia de la cruz abarca todas las necesidades que lleguemos a tener en el futuro.

Es necesario confesar
Cuando un hijo de Dios peca, debe confesar sus pecados, porque si no lo hace, no podrá ser perdonado. No debemos encubrir el pecado (1ª Jn.1:9; Prov.28:13). No le cambiemos el nombre al pecado, ni nos justifiquemos.
Confesar es mantenerse del lado de Dios y condenar el pecado. Dios está en un extremo, los pecados en el otro y nosotros en el centro. ¿A qué lado nos inclinaremos? Si nos ponemos del lado de los pecados, nos hacemos enemigos de Dios (Col.1:21). Confesar significa regresar a Dios, reconociendo que hemos pecado. Los que andan en luz, sienten repulsión por el pecado, y confiesan genuinamente sus faltas. Los que se han endurecido, piensan que pecar es normal, no confiesan con el corazón ni aborrecen el pecado.
El Señor perdonó nuestros pecados para que dejásemos de pecar, no para que siguiésemos pecando. Pero, si alguno peca, "abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros  pecados" (1ª Jn. 2:1). La propiciación que se menciona aquí es la realidad del tipo de las cenizas de la vaca alazana. Basándonos en la sangre del Señor Jesús, podemos acudir a Él como nuestro abogado.
Cuando un hijo de Dios peca y no confiesa su pecado, pierde su comunión con Dios e interrumpe la relación íntima que había entre él y Dios. Esta comunión sólo se puede restaurar cuando confesamos nuestros pecados.
Tenemos que humillarnos y confesar nuestros fracasos y faltas delante de Dios. No seamos orgullosos ni negligentes, porque podemos caer en cualquier momento. Cuando confesamos nuestros pecados, la comunión con Dios se restaura de inmediato, y recobramos el gozo y la paz que habíamos perdido.


Tomado de  Aguas Vivas

Thursday, July 12, 2012

¿Por qué Dios en el Antiguo Testamento es tan diferente al que es en el Nuevo Testamento?"


 









Pregunta: "¿Por qué Dios en el Antiguo Testamento es tan diferente al que es en el Nuevo Testamento?"

Respuesta:
Creo que el corazón de esta pregunta reside en el fundamental malentendido de lo que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento revelan acerca de la naturaleza de Dios. Otra manera de expresar este mismo pensamiento básico, es cuando la gente dice: “El Dios del Antiguo Testamento es un Dios de ira, mientras que el Dios del Nuevo Testamento es un Dios de amor.”

El hecho de que la Biblia sea la revelación progresiva de Dios Mismo a nosotros, a través de eventos históricos y a través de Su relación con la gente a lo largo de la historia, puede contribuir a la idea errónea de las personas acerca de cómo es Dios distinto en el Antiguo Testamento, comparado con su actuación en el Nuevo Testamento. Sin embargo, cuando uno lee ambos, el Antiguo y el Nuevo Testamento, se hace rápidamente evidente que Dios no es diferente de un Testamento a otro y que la ira de Dios y Su amor están revelados en ambos Testamentos.

Por ejemplo, a través del Antiguo Testamento, se declara que Dios es “misericordioso y piadoso, lento para la ira y grande en misericordia y verdad” (Éxodo 34:6; Números 14:18; Deuteronomio 4:31; Nehemías 9:17; Salmo 86:5, Salmo 86:15, Salmo 103:8-14, Salmo 108:4; Salmo 145:8; Joel 2:13). Aún así, en el Nuevo Testamento, El amor y la bondadosa misericordia de Dios están más fuertemente manifiestos a través del hecho de que “... de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en ÉL cree no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3:16). A lo largo del Antiguo Testamento, vemos también a Dios tratando con Israel de manera muy parecida a la de un amoroso padre tratando con su hijo. Cuando ellos deliberadamente pecaban contra Él y comenzaban a adorar a los ídolos, Dios los castigaba, y aún así una y otra vez Él los liberaba una vez que se arrepentían de su idolatría. Esto se parece mucho a la manera como vemos a Dios tratando con los cristianos en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, Hebreos 12:6 nos dice que “...el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.”

Igualmente, vemos a través de todo el Antiguo Testamento el juicio y la ira de Dios derramarse sobre los pecadores no arrepentidos; de manera similar, en el Nuevo Testamento, vemos el juicio de Dios en acción “…la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” (Romanos 1:18) Aún con solo una rápida leída del Nuevo Testamento, notamos que Jesús habla más del infierno que del cielo. Así vemos claramente, que Dios no es más diferente en el Antiguo Testamento de lo que es en el Nuevo Testamento. Dios, por Su misma naturaleza es inmutable (sin cambio). Y aunque veamos un aspecto de Su naturaleza revelada en ciertos pasajes de la Escritura más que otros, Él en Sí mismo, no cambia jamás.

Cuando uno realmente comienza a leer y estudiar la Biblia, aprecia claramente que Dios no tiene ninguna diferencia entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Aunque la Biblia realmente es el conjunto de sesenta y seis libros individuales, escritos en dos (o posiblemente tres) continentes, en tres diferentes idiomas, a través de un período de aproximadamente 1500 años, y escrita por más de 40 autores (procedentes de diferentes estratos sociales y culturales), sigue siendo un libro con un contenido de perfecta unidad y sin contradicciones de principio a fin. En él vemos como un Dios amoroso, misericordioso y justo, trata con el hombre pecador en toda clase de situaciones. Verdaderamente, la Biblia es una carta de amor a la humanidad. El amor de Dios por Su creación y especialmente por el hombre, es evidente a través de toda la Escritura. Por toda la Biblia vemos el amoroso y misericordioso llamado de Dios a la gente, invitándola a una relación especial con Él, no porque ellos la merezcan, sino porque Él es un Dios de misericordia, lento para la ira y grande en bondadoso amor y verdad. También vemos a un Dios santo y justo, que es el Juez de todos los aquellos que desobedecen Su palabra y se niegan a adorarlo, que en vez de eso se vuelven a adorar a dioses de su propia creación, venerando a ídolos y otros dioses en lugar de adorar al único y verdadero Dios (Romanos 1).

Por el carácter santo y justo de Dios, todo pecado pasado, presente y futuro debe ser juzgado. Aún así, Dios en Su infinito amor, ha provisto el pago por el pecado y un camino de reconciliación, para que el hombre pecador pueda escapar de Su ira. Vemos esta maravillosa verdad en versos como 1 Juan 4:10 “En esto consiste el amor; no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a Su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. En el Antiguo Testamento, Dios proveyó un sistema de sacrificios, donde podía hacerse expiación por el pecado, pero este sistema fue solo temporal y simplemente apuntaba a la futura venida de Jesucristo, quien moriría en la cruz para hacer definitivamente una expiación sustitutiva y total por el pecado. El Salvador que fue prometido en el Antiguo Testamento, es más ampliamente revelado en el Nuevo Testamento y la última expresión del amor de Dios al enviar a Su Hijo Jesucristo, es revelada aquí en toda su gloria. Ambos, el Antiguo y el Nuevo Testamentos nos fueron dados para “hacernos sabios para la salvación” (2 Timoteo 3:15). Cuando los estudiamos con más detenimiento, se hace evidente que Dios no es más diferente en el Nuevo Testamento de lo que era en el Antiguo Testamento.

Tomado de  http://www.gotquestions.org/Espanol/

Yo soy un católico, ¿por qué debo considerar el convertirme en cristiano?






Pregunta: "Yo soy un católico, ¿por qué debo considerar el convertirme en cristiano?"

Respuesta:
Primero, por favor comprende que no intentamos ofenderte en la redacción de esta pregunta. Verdaderamente recibimos preguntas de católicos, tales como; “¿Cuál es la diferencia entre católicos y cristianos?” En conversaciones cara a cara con católicos, literalmente hemos escuchado, “Yo no soy cristiano, soy católico” Para muchos católicos, el término “cristiano” y “protestante” son sinónimos. Con todo lo expuesto, el intento de este artículo es que los católicos estudien lo que dice la Biblia acerca de ser un cristiano, y quizás consideren que la fe católica no es la mejor representación de lo que describe la Biblia. Como un antecedente, favor de leer nuestro artículo de “¿Qué es un cristiano?

La diferencia clave entre católicos y cristianos es la visión que se tiene de la Biblia. Los católicos ven la autoridad de la Biblia al mismo nivel de la autoridad de la Iglesia y la tradición. Los cristianos ven la Biblia como la suprema autoridad para la fe y la práctica. La pregunta es, ¿cómo se presenta la Biblia a sí misma? 2 Timoteo 3:16-17 nos dice, “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” La Escritura, por sí misma, es suficiente para que el cristiano sea enteramente preparado para toda buena obra. Este texto nos dice que la Escritura no es “solo el principio”, o “solo las bases”, o el “cimiento para una más completa tradición eclesiástica.” Por el contrario, la Escritura es perfecta y totalmente suficiente para todo en la vida cristiana. La Escritura puede enseñarnos, reprendernos, corregirnos, entrenarnos, y equiparnos. Los cristianos bíblicos no niegan el valor de las tradiciones de la iglesia. Más bien, los cristianos sostienen que para que una tradición de la iglesia sea válida, debe estar basada en una clara enseñanza de la Escritura, así como estar en concordancia con la misma. Amigo católico, estudia la Palabra de Dios por ti mismo. En la Palabra de Dios encontrarás la descripción y la intención de Dios para Su iglesia. 2 Timoteo 2:15 dice, “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.”

Una segunda diferencia clave entre católicos y “cristianos bíblicos” es el entendimiento de la manera en que podemos aproximarnos a Dios. Los católicos tienden a aproximarse a Dios a través de intermediarios, tales como María o los santos. Los cristianos se aproximan a Dios directamente, ofreciendo oraciones a nadie más que a Dios mismo. La Biblia proclama que nosotros podemos aproximarnos al trono de Gracia de Dios confiadamente (Hebreos 4:16). La Biblia es perfectamente clara en que Dios desea que le oremos a Él, que tengamos comunicación con Él, que le pidamos a Él las cosas que necesitamos (Filipenses 4:6; Mateo 7:7-8; 1 Juan 5:14-15). No hay necesidad de mediadores o intermediarios, porque Cristo es nuestro único y solo mediador (1 Timoteo 2:5), y tanto Cristo como el Espíritu Santo, están ya intercediendo a nuestro favor (Romanos 8:26-27; Hebreos 7:25). Amigo católico, Dios te ama íntimamente y ha provisto una puerta abierta para una comunicación directa a través de Jesucristo.

La diferencia más crucial entre católicos y “cristianos bíblicos” está en el tema de la salvación. Los católicos ven la salvación casi enteramente como un proceso, mientras que los cristianos ven la salvación de dos formas; como un estado y un proceso. Los católicos se ven a sí mismos como “siendo salvados”, mientras que los cristianos se ven a sí mismos como “habiendo sido salvados”. 1 Corintios 1:2 nos dice, “... a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos...” Las palabras “santificados” y “santos” vienen de la misma raíz griega. Este verso establece ambas cosas, que los cristianos son santificados y llamados a ser santos. La Biblia presenta la salvación como un regalo que es recibido al momento en que una persona pone su fe en Jesucristo como su Salvador (Juan 3:16). Cuando una persona recibe a Cristo como Salvador, él / ella es justificada, (declarada justa – (Romanos 5:9), redimida (rescatada de la esclavitud del pecado – 1 Pedro 1:18), reconciliada, (logrando la paz con Dios – Romanos 5:1), santificada (puesta aparte para los propósitos de Dios – 1 Corintios 6:11), y renacida como una nueva creación (1 Pedro 1:23; 2 Corintios 5:17). Cada una de estas características son hechos consumados que son recibidos al momento de la salvación. Los cristianos son entonces llamados a vivir y practicar (llamados a ser santos), lo que ya es una realidad, posicionalmente (santificados).

El punto de vista católico es que la salvación se recibe por fe, pero entonces ésta debe ser “mantenida” por buenas obras y participación en los Sacramentos. Los cristianos bíblicos no niegan la importancia de las buenas obras o que Cristo nos llama a observar las ordenanzas en memoria de Él y en obediencia a Él. La diferencia es que el punto de vista cristiano es que estas cosas son el resultado de la salvación, y no un requerimiento para la salvación, o un medio para mantener la salvación. La salvación es una obra completa, comprada por el sacrificio expiatorio de Jesucristo (1 Juan 2:2). Como resultado, todos nuestros pecados son perdonados y se nos promete la vida eterna en el cielo, al momento en que recibimos el regalo que Dios nos ofrece – la salvación a través de Jesucristo (Juan 3:16).

Amigo católico, ¿deseas esta “salvación tan grande” (Hebreos 2:6)? Si es así, todo lo que debes hacer es recibirla (Juan 1:12), a través de la fe (Romanos 5:1). Dios nos ama y nos ofrece la salvación como un regalo (Juan 3:16). Si recibimos Su gracia, por fe, tenemos la salvación como nuestra eterna posesión (Efesios 2:8-9). Una vez salvados, nada podrá separarnos de Su amor (Romanos 8:38-39). Nada puede arrebatarnos de Su mano (Juan 10:28-29). Si deseas esta salvación, si deseas obtener el perdón de todos tus pecados, si deseas tener la seguridad de tu salvación, si deseas tener acceso directo al Dios que te ama – recíbela y es tuya. Esta es la salvación por la que Jesús murió para concedérnosla y la que Dios ofrece como un regalo.

Si has recibido a Jesucristo como tu Salvador por fe, a causa de lo que has leído aquí hoy, por favor háznoslo saber dando un clic en el botón de abajo donde dice “Yo he aceptado hoy a Jesucristo”. ¡Bienvenido a la familia de Dios! ¡Bienvenido amigo católico, a la vida cristiana.

Tomado de http://www.gotquestions.org/Espanol/

Sunday, July 8, 2012

El NOVIAZGO







Este es un tema muy raramente tocado en muchas iglesias por eso creo yo es muy importante exponerlo, sobre todo en estos tiempos.

EL MATRIMONIO MINISTERIO PRINCIPAL









 Este es uno de los principiales ministerios que muchos no cuidamos como debemos hacerlo, espero en Dios que sea de gran ayuda a sus vidas como ha sido en mi vida