Alabanzas

Tuesday, September 4, 2012

Gozo en medio de la prueba

Gozo en medio de la prueba 
Eliseo Apablaza
"Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad. El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo. Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían" (Hechos 16:23-26).
Hemos estado compartiendo acerca de los sufrimientos que los cristianos padecen, y de qué explicación da la Escritura para esos sufrimientos. Pero hoy día quisiéramos ir un poco más allá y decir que a la luz de esta palabra que hemos leído, y de muchas otras, nosotros no sólo somos llamados a padecer la aflicción, a sufrir la injusticia o a soportar el agravio.
La verdadera fortaleza se demuestra en la alabanza
Estas acciones, si bien son nobles, todavía no son la perfecta voluntad de Dios. Padecer, sufrir y soportar son acciones que todavía nos pueden hacer aparecer como débiles, como si nosotros aceptáramos padecer porque no nos queda otra opción; que tenemos que sufrir porque los demás son más poderosos, así que no podemos rebelarnos contra ellos. Estas acciones, si bien son loables, no son la verdad completa; porque somos llamados también a gozarnos en la tribulación, a cantar en medio del dolor, y a tener paz en medio de la tormenta. Recién cuando un cristiano se goza en la tribulación, cuando canta en medio del dolor, como aquí Pablo y Silas, entonces se manifiesta en él la verdadera fortaleza.
Los cristianos somos aparentemente débiles, aparentemente frágiles; aparentemente, nos pueden avasallar. Pero dentro de nosotros hay una tremenda fortaleza: tenemos dentro de nosotros el Espíritu de resurrección con que el Padre levantó a Jesús de entre los muertos. Así que, hermanos, vamos a hablar un poco hoy acerca del gozo, acerca de la paz, acerca de la plenitud, de la felicidad, de la dicha que nosotros los cristianos somos llamados a experimentar aun en medio de las circunstancias más terribles.
El apóstol Pablo dice en una de sus epístolas: "...como entristecidos, mas siempre gozosos". Creo que esa frase expresa muy bien lo que es la vida cristiana, lo que es la experiencia común de un cristiano. Pablo, el mismo que aquí en la cárcel de Filipos cantaba himnos a Dios cuando su piel estaba desgarrada por los azotes, cuando sus pies estaban aprisionados en el cepo, cuando las llagas de su cuerpo estaban abiertas. ¿Pablo estaba llorando? ¡Estaba cantando himnos a Dios!
El himno, a diferencia de un 'corito' o de una canción, se caracteriza por ser solemne. Es como llenar de gloria un ambiente, para Dios. Hay muchos himnos gloriosos que escribieron hermanos del pasado. Los escribieron mientras estaban encarcelados, o bajo fuertes tribulaciones. Ellos podían decir: "Hay una paz en mi alma que inunda mi ser, una paz que el mundo no puede dar". Cristianos que habían perdido seres queridos, que habían sufrido tragedias, desgracias, podían componer himnos como esos, himnos de victoria, como los que Pablo cantaba. "Como entristecidos, mas siempre gozosos".
Hay en esto una paradoja. ¿Por qué nosotros cantamos en los velorios? ¿Por qué llevamos una guitarra para el cementerio? Porque la vida cristiana, amados hermanos, aunque tiene lágrimas, es sobre todo una vida de gozo. Llorando, estamos llenos de gozo; sufriendo, no tenemos amargura; porque aun los sufrimientos nos transforman, nos edifican.
Pablo en Filipos
Pablo tuvo esta experiencia en Filipos; encarcelado, llagado, cantando himnos. Así nació la iglesia en Filipos. Y es por eso que, cuando leemos la carta de Pablo a los filipenses, encontramos gozo, una y otra vez. "Gozaos, gozaos en el Señor siempre... Os digo: regocijaos". Para los hermanos de Filipos, Pablo era un hombre muy conocido por el gozo en medio del dolor, en medio de la prueba. ¿Quién era Pablo para los hermanos de Filipos? Era el hombre que cantaba himnos mientras estaba encarcelado. Por eso, cuando leemos Filipenses capítulo 3, por ejemplo, encontramos: "Por lo demás, hermanos, gozaos en el Señor".
Tengamos la Biblia a la mano, y consultémosla, porque aquí está la verdad de Dios. Tenemos que afirmar nuestro corazón en la verdad. Filipenses 3:1 dice: "Por lo demás, hermanos, gozaos en el Señor". Mire Filipenses 2:29 -se está refiriendo a algún hermano que está exhortando a que lo reciban-, dice: "Recibidle, pues, en el Señor, con todo gozo".
Ahora, versículo 4:4. "Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!". Aquí la palabra está entre signos de exclamación. Pocas veces la Escritura tiene expresiones entre signos de exclamación. ¿Cuándo escribió Pablo esta carta? ¿En qué circunstancias de su vida escribió esta carta? ¿Estaba en un hotel de cinco estrellas? ¿Estaba en una hamaca tomando la brisa de la tarde? ¿Estaba tomando el sol en una playa? ¡Estaba en la cárcel en Roma!
Ustedes saben que los emperadores romanos no eran muy amables con los presos. Eran terribles las condiciones de insalubridad, de mugre, que había en una cárcel romana. Y ahí Pablo, en medio de toda esa circunstancia adversa, dice: "Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!".
Hermanos, no estamos diciendo que no hay penas, que no vamos a derramar lágrimas. No estamos diciendo que tal vez mañana no tengamos alguna prueba que nos parta el corazón. Lo que estamos diciendo es que la vida cristiana es una paradoja. Es esto, es la muerte que nos circunda, es la muerte que nos quiere subyugar y atacar; pero es la vida de resurrección que está dentro de nosotros, y la vida sobrepuja a la muerte. Pablo escribe Filipenses en la cárcel, y esta es la epístola del gozo. Por fuera, había tempestad, pero adentro gobernaba la paz.
La experiencia de Hudson Taylor
Tengo aquí un libro. Se llama "El secreto espiritual de Hudson Taylor". Este fue un misionero que estuvo en China sirviendo al Señor en condiciones terriblemente complicadas. En ese tiempo, China era un país cerrado. Había allí solamente cinco puertos, y los extranjeros sólo podían vivir en los puertos, no podían entrar al interior del país. Pues bien, el primero en llevar el evangelio al interior de la China -miles y miles de kilómetros, cientos y cientos de ciudades, millones y millones de chinos- fue este hombre. Se le murieron familiares, varios hijos. Su primera esposa murió a los 33 años, cuando él tenía 38. Después estuvo en cama meses y meses, mientras la obra lo reclamaba. ¡Cuántos sufrimientos, cuánto dolor! Cuando murió su esposa, escribió las siguientes palabras:
"Cuando pienso en mi gran pérdida, de mi corazón quebrantado sube la alabanza a Aquel que la ha librado a ella de tanto dolor y la ha hecho tan inefablemente feliz. Mis lágrimas son más lágrimas de gozo que de tristeza; pero más que todo me glorío en Dios por el Señor Jesucristo, en su obra, en sus caminos, su providencia, en él mismo. Me regocijo en esa voluntad de Dios; me es enteramente aceptable y perfecta, es el amor en acción. Desde lo más profundo de mi alma, me deleito en el conocimiento de que Dios hace o permite todas las cosas, y determina que todas las cosas ayuden a bien de los que le aman".
¿Por qué nosotros somos avasallados por los problemas? ¿Por qué nos sumimos en una depresión, en un dolor tan profundo, cuando vienen las aflicciones, los contratiempos? Es porque no hemos aprendido a descansar en el Señor; es porque nuestra mirada es muy corta. Vemos solamente el hecho que nos aproblema y nos hiere, y no vemos desde la perspectiva de Dios, cómo a veces él permite que sucedan cosas que nos duelen.
Un hermano cuenta que estaba con Taylor en un momento en que llegaron cartas que traían terribles noticias de todos los lugares de China donde había misioneros que él había encomendado. Se habían levantado graves motines; los extranjeros estaban siendo asesinados. Cuando recibió esas cartas, dice el testigo -pensando que quizás Hudson Taylor desearía estar a solas- él quiso retirarse, pero, para su sorpresa, alguien comenzó a silbar. Era la suave melodía del estribillo del muy conocido himno: "Cristo, siempre en ti descanso". Volviéndose, él no pudo menos que exclamar: "¿Cómo puede usted silbar, cuando nuestros compañeros están en tanto peligro?". "¿Y quiere usted que yo me acongoje y me preocupe? -fue la respuesta serena- Eso no sería de ayuda para ellos, y efectivamente me incapacitaría a mí para mi trabajo. No puedo más que echar la carga sobre el Señor".
Día y noche, este era el secreto de Hudson Taylor: echar su carga sobre el Señor. Un hombre que lo conoció en Australia decía de él: "Era él una lección objetiva de serenidad; sacaba del banco del cielo cada centavo de sus ingresos diarios. "Mi paz os doy". Todo aquello que no agitara al Salvador ni perturbara su espíritu, tampoco le agitaría a él. La serenidad del Señor Jesús en relación a cualquier asunto, y en el momento más crítico era su ideal y su posición práctica. No conocía nada de prisa, ni de apuro, ni de nervios trémulos, ni agitación de espíritu. Conocía sólo esa paz que sobrepasa todo entendimiento, y sabía que no podía existir sin ella".
En Cristo no hay ansiedad
¿Estás preocupado, ansioso y agitado? Mira arriba. Ve al Hombre, a Jesús, en la gloria. Deja que el rostro de Jesús resplandezca sobre ti, el maravilloso rostro del Señor Jesucristo. ¿Acaso Cristo está angustiado, agobiado? No se ve en su frente ni cuidado ni sombra de ansiedad. Cristo ha vencido. Él está sentado en su trono, y los cristianos estamos unidos a él, al trono de Dios. Hay sufrimientos. Sin embargo, dentro de nosotros hay una fuente, hay un agua que brota, hay una paz que sobrepasa todo entendimiento, hay una vida poderosa que puede más que los problemas.
El cristiano más maduro y espiritual, hermanos, no es el más ceñudo, el que está siempre así como aproblemado, como que lleva toda la carga del universo sobre sus hombros. No es el más severo, no es el más estoico, sino aquel que se goza en el Señor en todo tiempo. Hermanos, ¿hemos perdido la sonrisa, hemos perdido la alabanza? Cuando la iglesia está cantando, ¿cómo está nuestro rostro, cómo está la actitud de nuestro corazón? ¿Hay circunstancias tan terribles que nos impiden bendecir a Aquel que nos rescató?
El ejemplo de David
David decía: "La alabanza de continuo está en mi boca". ¿Quién sufrió más que David? Pocos sufrieron más que él. Pero, ¿quién se gozaba más que David en su Dios? Ustedes recuerdan que él solía danzar delante del pueblo, con sus vestiduras reales. Cuando había fiesta, cuando había motivo de gozo, como cuando llevaban el arca a Jerusalén, David cantaba y danzaba. En los salmos de David encontramos muchas lágrimas; sin embargo, encontramos también muchos gritos de victoria. A medida que vamos avanzando en el libro de los Salmos, la alabanza al Señor, la adoración, va en aumento. Es como esas obras musicales en que los instrumentos se van agregando, en un 'crescendo' maravilloso. Al final, toda la creación alaba al Señor. Al principio, parece que es débil todavía, sólo los creyentes participan en ella, pero al final de los Salmos encontramos que toda la creación le alaba, y que todos los instrumentos se unen a alabar al Señor en esa sinfonía preciosa.
La exaltación del Señor en los cielos
Pueblo de Dios, hermanos santos, que las lágrimas no opaquen el gozo, que los problemas no nos hagan bajar la mirada. Nosotros tenemos un Señor exaltado. No está en la tumba, Jesús se levantó de la tumba. Él está sentado arriba en la gloria, fue recibido por el Padre. Y cuando él fue recibido, ustedes saben, qué gozo hubo en los cielos. Leamos, recordémoslo. Salmo 24. Leamos juntos un trozo de este salmo; aclamemos al Señor con nuestro corazón, llenémonos de júbilo, porque Jesús está en el trono. Cuando el Señor fue recibido arriba, estas son las palabras que se dijeron en esos lugares celestiales:
"Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria. ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla. Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria. ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová de los ejércitos, él es el Rey de la gloria" (Salmo 24:7-10). ¿Quién es el Rey de gloria? ¡Jesús de los ejércitos, él es el Rey de la gloria!
¿Se pueden imaginar ustedes cómo sería aquello, si aquí, cuando cantamos y aplaudimos, este ambiente se estremece? ¡Qué más es en los cielos cuando se alaba al Señor! ¡Cómo iremos a hacer nosotros cuando estemos allá, en aquel día! Hermanos, adelantémonos a esos gloriosos momentos, y experimentemos hoy lo que significa vencer en medio de las dificultades, poder cantar aun con lágrimas, tener una fuente en el corazón cuando alrededor hay una gran tempestad.
El favor de Dios dura mucho más que su ira
Veamos Salmo 30:4-5: "Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad. Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría". La vida cristiana no es sólo un valle de lágrimas, como suele decirse. La Escritura dice que las lágrimas duran menos que el gozo, que la ira de Dios es sólo por un momento, pero su favor dura toda la vida.
Así que, sea que nosotros estemos siendo tratados por el Señor, o que estemos siendo disciplinados por el Señor, aún así, podemos cantar al Señor y celebrar la memoria de su santidad. El versículo 4 nos insta. ¿Y cuál es la razón de ese canto? Está dada en el 5: "Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida". Hemos pasado noches angustiosas, noches de lágrimas; pero a la mañana viene la alegría. ¿Lo hemos podido experimentar? Hoy siento que no estoy en la noche del llanto, sino en la mañana de la alegría.
Hermanos, algunos de nosotros están pasando tribulación. Se ha orado por ellos, se les ha tendido la mano, se ha buscado refugio en el Señor, se ha pedido de Dios la provisión para esa necesidad. Pero, ¿sabe?, la iglesia tiene que mantener el gozo, la alabanza, la adoración. Y si algún hermano está pasando por este momento de ira o por esta noche de lloro, será también alentado por el gozo de la iglesia. Damos testimonio que siempre, después de la noche, viene la mañana, en Cristo; siempre, después de la ira, viene el favor de Dios.
"Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria" (2ª Corintios 4:17). Hay tribulaciones momentáneas, sí, pero ellas producen en nosotros algo eterno; producen oro, producen una piedra preciosa; nos van transformando en la misma imagen del Señor.
Nosotros siempre hablamos de la cruz y del camino de la cruz, y a veces pienso que, cuando hablamos tanto de la cruz y del camino de la cruz, y de los sufrimientos, y que hay que morir, pareciera ser que descuidamos la segunda parte del mismo versículo. Así que, tenemos que aclarar: Es cierto que existe el camino de la cruz. Pero el camino de la cruz o el tomar la cruz nunca será sin el gozo del Señor adentro, sin el reposo en el Señor, el descanso, la satisfacción espiritual que produce el saber que no estamos solos.
Hablamos de que es necesario morir. Claro. Pero también tenemos que decir que después de la muerte hay resurrección, y la vida de resurrección es una vida de gozo, una vida de plenitud. Así que no nos quedemos a mitad de camino enfatizando sólo la muerte, ni nos transformemos en un pueblo melancólico, triste. No, no podemos serlo, porque el Señor Jesús vive en nuestro corazón. Así que, cuando estemos delante del Señor, esforcémonos en la gracia, para que nuestra alabanza, y aun nuestra expresión física sean dignas de Aquel que nos amó tanto y que murió por nosotros.
El gozo surge cuando hemos andado la segunda milla
Ustedes se habrán dado cuenta que en la Escritura se habla muchas veces del gozo y la alegría, de bendecir al Señor con gozo y alegría. Y se ha hecho una distinción entre las dos palabras, que son parecidas, pero no son lo mismo. La alegría sugiere algo del alma, y el gozo, del espíritu. No sólo alabamos con el espíritu, es decir, con el corazón, sino también con el alma. Y aun mi carne, dice la Escritura, alaba al Dios vivo. No sólo desde adentro bendecimos; no sólo nos gozamos en el espíritu, sino en nuestra alma, y aun nuestro cuerpo. Así que podemos danzar, podemos aplaudir, podemos expresarnos el gozo del Señor unos a otros. Dios desea, amados hermanos, que tengamos gozo, aun en medio de la tribulación.
Ahora, ¿vamos a forzar el gozo, vamos a obligarnos a tener el gozo cuando en realidad no lo tenemos? Y si es así, si no tenemos gozo, ¿por qué no lo tenemos, si el Señor desea que tengamos gozo? ¿O vamos a transformarnos en un pueblo que hace una mueca de sonrisa cuando en realidad no hay gozo por dentro? No, no se trata de eso. El Señor desea que tengamos gozo, hermanos, pero el gozo viene cuando sufrimos por él, cuando bendecimos a nuestros enemigos, cuando andamos la segunda milla.
Si nosotros sólo soportamos las tribulaciones, pero como a regañadientes, entonces no tendremos gozo. Si solamente damos un paso, la primera milla, pero no la segunda, entonces probablemente no haya gozo. Hay muchas experiencias de cristianos al respecto que pueden confirmar esto. Recién el gozo inunda nuestro corazón cuando nosotros damos más de lo que se nos pide; cuando no sólo soportamos la injuria sino que bendecimos al que nos injuria, ahí viene el gozo del Señor.
¿Queremos tener gozo? Yo quiero estar siempre gozoso, como dice la Palabra. Entonces, ejercitémonos en esto, en bendecir, en amar, en sufrir, con la mejor disposición. No en quejarnos, sino en mirar al Señor y ver que él va a inundar nuestro corazón de gozo cuando nosotros obedezcamos su Palabra.
Hermanos, el cántico es una señal de fortaleza y de victoria. Qué fuertes, qué invencibles aparecen Pablo y Silas cantando himnos a Dios, con la espalda llagada y con el cuerpo adolorido. La impotencia del carcelero, la impotencia de los que los habían azotado. ¿Cómo los hacemos callar, cómo les quitamos el gozo? Imposible. Ellos tenían poder para azotar, pero no para quitar el gozo. Esa es la mayor señal de fortaleza. Un cristiano es fuerte, por eso canta.
Nosotros expresaremos nuestra fortaleza cantando, y diremos: "El gozo del Señor es nuestra fortaleza". Un cristiano que ha hallado su reposo en Cristo es feliz. En la Biblia, es cierto, no aparece la palabra 'felicidad'. Lo más parecido a esa palabra que se halla en el Nuevo Testamento es bienaventuranza, o bienaventurados, felices, dichosos. En Mateo capítulo 5, encontramos la clase de gente más feliz: los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos; los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores, los que padecen persecución por causa de la justicia. Ellos son los dichosos, ellos son felices.
¿Algunos de ellos tienen una actitud soberbia, como de predominio, una actitud vengativa, una actitud de poder humano? No, ninguno. Pero dice de ellos en el versículo 11: "Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros".
Hermano, yo te digo hoy: "Gózate y alégrate en el Señor". Espero que tú me digas mañana, cuando yo esté triste, esto mismo: "Gózate y alégrate en el Señor". ¡Hermanos, gozaos y alegraos en el Señor! Necesitamos compartirnos la Palabra, necesitamos alentarnos unos a otros. Necesito decirle esto a usted, pero también necesito que usted me lo diga a mí. Todos juntos, porque a veces, ¡ay, qué es difícil alegrarse! ¡Ay, que es difícil gozarse cuando el aguijón viene y nos hiere! Pero, hermanos, nuestro galardón es grande en los cielos.
El Señor Jesús, dice, por el gozo puesto delante de él, sufrió a la cruz. Dice la Palabra que el reino de Dios no consiste en comida ni bebida, sino en justicia, gozo y paz en el Espíritu. ¿Tenemos gozo? ¿Tenemos paz? Ninguna de estas dos cosas la puede fabricar el diablo; ninguna de estas dos cosas provienen del mundo; ni el gozo ni la paz. ¿Saben lo que el mundo tiene? Es risa; a veces, una risa estrepitosa, pero cuando se acaba la risa o el chistecito, de nuevo viene la profunda tristeza.
Nosotros no tenemos una risa externa; tenemos gozo o alegría. El gozo es del espíritu, la alegría es del alma. Pero tenemos. Esto es algo que Dios nos ha dado. Y lo otro que el diablo no puede fabricar es la paz. Cuánta gente que tiene mucho dinero, que tiene posesiones, que tiene grandes cosas, desearía tener un minuto de paz en su espíritu, y no la tiene. Si en alguna parte estuvieran vendiendo la paz, como se compra un vehículo, creo que muchos gastarían millones de pesos en comprar algo de paz.
En Su presencia hay plenitud de gozo
Dice la Escritura que nosotros somos guardados por la paz de Dios. "Y la paz de Dios gobierne vuestros corazones". Oh, hermanos, tenemos paz. El Señor nos dio su paz, el Señor nos dio su gozo; esta es nuestra posesión, es nuestra herencia. A propósito de herencia, Salmo 16. Este salmo lleva por título en esta versión de la Reina-Valera: "Una herencia escogida". Y se habla aquí, como en el 5, por ejemplo: "Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa". Y fíjense ustedes cómo termina este salmo de la herencia. Versículo 11: "Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre".
Hermanos, ¿Dios es un Dios hosco, huraño, enojón, un Dios con el ceño fruncido? No. Dice: "En tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre". Hermanos jóvenes, les voy a hacer una invitación, un desafío también. ¿Están sufriendo por algún desengaño? ¿Están sintiéndose frustrados en el corazón porque el objeto de su amor no le corresponde? ¿Están decepcionados porque no quedaron en la Carrera que querían? ¿Están pasando por una tribulación porque el papá y la mamá les tocaron un poquito? ¿Se sienten decaídos? Hermanos jóvenes, en la presencia del Señor hay plenitud de gozo.
Las horas más felices de mi juventud, desde que conocí al Señor, las pasé en íntima comunión con Dios. A veces solo, a veces con algún otro hermano, orando, alabando al Señor con una guitarra, a todo grito a veces. ¡Qué gozo más grande! ¡Qué delicia, hermanos, tener a Jesús! Qué delicia que el Espíritu Santo esté adentro de nosotros, y corra y fluya como río. Hermanos, no nos olvidemos. El mundo busca la felicidad, y hace montones de cosas y busca vestir bien, comer bien, tener honra, éxito, pensando que eso lo llenará de gozo. Pero la plenitud del gozo, el gozo pleno, absoluto, perfecto, sólo se puede hallar en Cristo. Y esto no es una teoría, hermanos; no es un slogan. Jóvenes, en Cristo está la plenitud del gozo. "Delicias a tu diestra para siempre".
Creo que nos falta recuperar esta área de nuestra vida cristiana. A veces somos muy serios, somos muy formales, somos muy parcos, somos muy melancólicos.
El Señor Jesús hace todo ambiente atractivo
Un cristiano que ha hallado su reposo en Cristo, es feliz. Hermano, ¿eres feliz de verdad? ¿Tienes tu satisfacción, tu deleite, en Cristo; todo en Cristo? Entonces, eres un hombre feliz. Eso tiene que notársenos también en toda nuestra manera de ser. ¿Cómo nos saludamos? ¿Cómo nos abrazamos? Cuando nos encontramos en la calle, ¿nuestro rostro dibuja una sonrisa de gozo? Que el Señor nos ayude. Toda esa melancolía que viene del mundo, ese desencanto, esa tristeza del mundo, que agobia, reprendámosla también.
En el cielo, habrá un estado de sumo gozo y paz; pero también aquí tenemos a Aquel que alegra el cielo. ¿Quién hace que el cielo sea tan atractivo? ¡El Señor Jesús! Saquen a nuestro Señor del cielo y el cielo entonces será un lugar común y corriente. El cielo puede estar aquí hoy, y de hecho está, porque el Señor está en medio nuestro. ¡Bendito es su nombre!
No quisiera hablar más; con esto es suficiente. Pero quisiera dejar con ustedes este sentir. Hermanos, tenemos razones más que suficientes para atropellarnos en la proclamación, en la expresión de alabanza, en la expresión de adoración. Aunque sea una frase, una proclama breve. No necesitamos extendernos demasiado, porque de esa manera podríamos impedir que otros hablen. Todos nosotros tenemos razones para estar felices; todos nosotros tenemos razones para alabar y bendecir al Señor.
El reino de Dios es justicia, paz y gozo. Justicia en el sentido de que hay el carácter justo de Dios. Luego, el gozo y la paz, dones invaluables, preciosos, que el Señor nos ha dado. Que nuestra alabanza y nuestra adoración sea más libre. Queremos expresar la riqueza que hay dentro; queremos expresar la paz y el gozo que tenemos dentro. Que ninguna circunstancia exterior nos avasalle, porque somos más que vencedores. El Señor nos ayude.

Sacado de Aguas Vivas.

Tiempos Peligrosos, Introduccion.

  1. Tiempos Peligrosos – Introducción: Revelaciones de Dios — Pablo Hunter
Revelaciones de Dios en la PalabraDios quiere cambiarnos y hacer cosas profundas en nuestra vida. El tiene revelaciones para nosotros, estas son progresivas.
Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. (Juan 16:12)
Puede leer las notas de la introducción del congreso “Desafío del Ministerio” si sigue leyendo, o bien puede escuchar el audio aquí.

El usa estas revelaciones progresivas para cambiarnos y para hablarnos. El apóstol Pablo era un hombre de revelaciones progresivas y profundas.No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones,
para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, (Efe 1:16-17)
Vemos que menciona espíritu de sabiduría y de revelación. La vida de un pastor u obrero necesita diariamente revelación para asimilar el cambio continuo que Dios trae.
Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. (Gal 1:11-12)
Nosotros recibimos la palabra de Dios por revelación. El comprenderla se nos da por revelación. Insisto en decir que Dios nos quiere cambiar y vernos recibir su palabra a través de revelaciones. Hay una gran diferencia entre las palabras de hombres y las revelaciones de Dios.
Después, pasados catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también conmigo a Tito. Pero subí según una revelación, y para no correr o haber corrido en vano, expuse en privado a los que tenían cierta reputación el evangelio que predico entre los gentiles. (Gal 2:1-2)
¿Vamos nosotros por revelaciones? ¿Hacemos las cosas por revelación de Dios o por criterios humanos?
Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. (Juan 16:13)
Alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, (Efe 1:18)
Es el Espíritu Santo quien lo hace, quien nos da revelación. Revelación es alumbrar los ojos de nuestro entendimiento. Es el medio que Dios utiliza para cambiar nuestra predicación y nuestra manera de ministrar, de manera que lo hagamos a través de lo que él nos revele.
Ciertamente no me conviene gloriarme; pero vendré a las visiones y a las revelaciones del Señor. (2Co 12:1)
Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. (3) Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), (4) que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar. (5) De tal hombre me gloriaré; pero de mí mismo en nada me gloriaré, sino en mis debilidades. (6) Sin embargo, si quisiera gloriarme, no sería insensato, porque diría la verdad; pero lo dejo, para que nadie piense de mí más de lo que en mí ve, u oye de mí. (7) Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; ( 2Co 12:2-7)
Vemos cómo es el Espíritu Santo iluminando los ojos de nuestro entendimiento a través de sus revelaciones.
¿Por qué el Espíritu Santo ha de alumbrarnos el entendimiento?:
Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. (Isa 55:8)
Nosotros debemos subir al nivel de Dios, no podemos pretender que él baje a nuestro nivel. Tenemos que subir a sus pensamientos y a sus caminos y lo hacemos a través de su revelación.
Revelaciones por el EspírituPero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. (11) Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. (1Co 2:10-11)
Nadie conoce las cosas de Dios, solo el Espíritu Santo las conoce y sólo él las revela. Él quiere poner en nosotros el Espíritu de Revelación.
Todas esas preguntas como : ¿Qué debemos hacer?, ¿Qué vamos a hablar? , etc, hemos de contestarlas con sus revelaciones.
Para que lo manifieste como debo hablar. (5) Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo. (6) Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno. (Col 4:4-6)
A fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, (20) por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de él, como debo hablar. (Efe 6:19-20)
¡Qué él nos dé lo que debemos hablar y cómo hacerlo!.
El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; (Luc 4:18)
Jesús mismo necesitaba del Espíritu Santo para ser ungido y predicar. Cuando vamos a prepararnos para predicar, hablar o aconsejar busquemos que Dios nos conceda espíritu de Revelación. Es un milagro que Dios hace en nosotros continuamente.
Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. (2) Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. (3) Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor;(A) (4) y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, (5) para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. (1Co 2:1-5)
Vemos la diferencia entre las palabras o sabiduría humanas y el poder de Dios. Con este poder es que Dios obra y cambia nuestra manera de ministrar.
Busquemos continuamente este poder, esta revelación, este conocimiento divino. Qué El nos llene con su sabiduría, que sea él quien nos cambie, busquemos lo que El tiene para nuestras vidas – ese nivel más alto.
Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. (18) Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor. (2Co 3:17-18)
Estamos en un nivel de gloria, pero hay otro nivel más alto y después de este vendrá otro más alto y subimos a cada nivel por el Espíritu Santo y por la revelación en Cristo Jesús que El nos da. 

Sacado de Casa de Oracion Mexico.

Tiempos Peligrosos

..en los postreros días vendrán tiempos peligrosos..
También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. (2) Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, (3) sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, (4) traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, (5) que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. (2Ti 3:1-5 )
Edward Cleary, de Providence College, sociólogo, misionero por muchos años, hizo un estudio sobre el verdadero estado de la Iglesia Evangélica en América Latina. Expone las supuestas cifras que por años se han publicado:
  • Se ha dicho que el 50% de la población en Guatemala son cristianos, pero en realidad no llega al 25%.
  • De Chile dicen que 28% – la realidad es de apenas el 18%
  • Brasil 21.8% – con una realidad del 15%
  • México 20% – cuando no llega al 8%
Se habla por todos lados de un gran avivamiento y de multitudes que vienen a Cristo pero en realidad hay un estancamiento. Se “convierten” muchos, pero también muchos abandonan las iglesias.
En este estudio se encontró que el 43% de las personas que nacieron en familias evangélicas han desertado del cristianismo.
El 68% de los que se bautizaron en la década de los 80 ya se han retirado de la iglesia.
Esta misma realidad se encuentra en USA y Canadá. El 57% de los desertores afirmaron haber recibido alguna sanidad física en un evento público. Recibieron un milagro pero no tuvieron un cambio de vida verdadero.
¿Por qué esta deserción? Firmemente considero que la respuesta es que se ha dejado de lado la palabra de Dios y se está predicando un evangelio enfocado en los anhelos humanos y no en lo que Dios dice que debemos hacer. El resultado: la apostasía.

Pablo, en este pasaje a Timoteo, advierte que vendrían tiempos peligrosos. Tiempos peligrosos en el original se refiere a tiempos difíciles, feroces, duros.“También debes saber”: saber es un deber. Dios no bendice la ignorancia. Para saber hay que buscar.
Y la palabra saber utilizada es el griego ginósko que significa conocer, notar, reconocer, entender e informarse.
Pablo le dice a Timoteo que entienda estos tiempos, que los reconozca, que se informe. Dios nos instruye con su palabra pero también debemos “ver a nuestro alrededor”.
Estamos en los últimos días e ignorarlo sería un gran error.
Regresando al versículo: Vendrán: en el griego también es asentarse sobre, permanecer.
Tiempos duros se asentarán, vendrán y se quedarán. Tiempos feroces, duros de llevar y difíciles de enfrentar.
¿Por qué son así los últimos días? La respuesta no gusta a muchos pero está en el versículo 2: “Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos …” Pablo despliega una lista con rasgos del carácter.
Esta lista de hombres: ¿son del mundo o están dentro de la iglesia?
Pablo está hablando de gente dentro de la iglesia (versículo 5) -”que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita”. Vemos que se refiere a la cizaña dentro de la iglesia, a falsos ministros, falsos cristianos llenos de avaricia y de hipocresía, sedientos de ser reconocidos.
Pablo usa la palabra morfóo: apariencia. Si algo tenemos ahora es un gran énfasis en la apariencia, una proyección de imagen. Ahora muchos ministros, antes de salir al púlpito, tienen sus peinadores, maquillistas y asesores de imagen. Se preocupan por dar la impresión de que son de Dios, pero no tienen una experiencia interna real con él.
Apariencia de piedad: La palabra para piedad es gr. eusébeia: ir en pos de Dios, hacer lo que agrada a Dios. Hombres que dan la apariencia de que van en pos de Dios, que hacen lo que agrada a Dios. Estos deslumbran a la gente con 2 o 3 versículos pero no disciernen lo que realmente están diciendo.

Sin embargo, estos hombres negarán la eficacia de la piedad: esta gente va a rechazar el poder que tiene la palabra de Dios. Van incorporando poco a poco métodos humanos, hacen a un lado la verdadera doctrina y meten filosofías humanas, psicologías humanas. De una manera sutil, dejan de lado las palabras de Dios y usan palabras elocuentes.
A estos hombres, evita: en el original significa rechazar, contradecir. A estas personas debemos evitar, rechazarles y contradecirles con la palabra de Dios.
Debemos conocer las escrituras para poder enfrentarlos y saber contradecir las falsas doctrinas.
Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; (4) porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, (5) derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2Co 10:3-5 )
Es decir, aunque estamos en este cuerpo físico, no militamos en nuestros cuerpos.
Militar: en el griego es “hacer guerra de una manera estratégica”. No hacemos la guerra estratégicamente con armas y estrategias puramente humanas, no con humana sabiduría. Se trata de una batalla de ideas, de pensamientos y filosofías. Esta es la verdadera guerra espiritual: son los pensamientos de hombres contra los pensamientos de Dios. Nosotros debemos elevarnos a lo que dice Dios.
Solo debemos enfocarnos en lo que dice Dios, no en lo que dicen los hombres (sea cual sea el maestro que enseña). Dios quiere que prediquemos SUS palabras, no las nuestras. No peleamos con nuestra sabiduría.
Veamos 3 palabras importantes en esta escritura:
  • “Porque nuestras armas” (v.4) – en el original también significa herramientas, armas de guerra.
  • “De nuestra milicia” – en el griego también es conflicto
  • “No son carnales” – también se puede traducir como “pensamientos puramente humanos”.
Podríamos leer así el texto: “Las herramientas con las que enfrentamos el conflicto (la batalla espiritual) no es con pensamientos puramente humanos”.
Entonces, recapitulo: vienen tiempos peligrosos debido a hombres amadores de sí mismos que aparentarán piedad. Evítalos y contradícelos, no con sabiduría humana, sino con las palabras de Dios.
Sin embargo, nuestras armas son poderosas en Dios. En el pasaje de Efesios 6 se nos describen algunas de estas armas: nuestro calzado es la palabra de Dios, ceñidos nuestros lomos con la verdad de Dios, con el escudo de la fe (confianza en Dios y también se refiere al evangelio) y la espada de la palabra del Espíritu.
Espada Romana — MachairaLa espada es la única arma ofensiva que se menciona en el texto. Se utiliza el griego machaira que era una espada corta utilizada por los romanos para pelear cuerpo a cuerpo., una lucha cara a cara. Esto implica que si no atacamos acertadamente, ellos nos herirán a nosotros.
Estas armas son poderosas (gr. dunatos: más poderosas). Esas ideas falsas tienen poder, pero las ideas de Dios son más poderosas porque nos pueden hacer nacer de nuevo, nos dan vida, nos sanan de tormentos y de dudas.
Estas armas son para la destrucción (en el griego “demoler, hacer polvo”) – son armas para hacer polvo fortalezas. No estamos hablando de la fortaleza del narcotráfico o del homosexualismo. Vemos en el texto que son pensamientos. No se derriban “atando”, sino hablando la palabra de Dios.
Fortaleza: gr. ocurama - ideas y pensamientos. Se trata de ideas y pensamientos que descansan puramente en la sabiduría humana.
En el versículo 5 dice derribando: gr. arrojar al suelo, es un acto violento, refutar, destruir. El verbo daba la idea de cavar alrededor de un tronco para poder cortar las raíces. Nosotros derribamos hasta el suelo esas ideas puramente humanas. Habla de un trabajo laborioso, porque estos pensamientos erróneos han hecho raíz en las personas, se han arraigado en la mente de los individuos.
Derribando argumentos (el texto no habla de demonios). Más bien, usa el griego logismos: razonamientos, pensamientos, ideas, consejos. Son logismos contrarios a la palabra de Dios.
Algunos no quieren argumentar en pro de la “paz y el amor”, por la “unidad del cuerpo de Cristo”. Pero el amor sin verdad es error. No podemos ceder ante la verdad del evangelio. Ninguna “unidad” es válida cuando se trata de guardar la verdadera palabra de Dios.
Estas armas también son poderosas para derribar toda altivez: en el griego júpsoma: significaba algo que se eleva en sí mismo. Pensamientos que se elevan por encima de los de Dios. Olvidando que los pensamientos y caminos de Dios están por encima de los nuestros. Es derribar pensamientos que se quieren levantar contra el conocimiento de Dios, contra el conocimiento espiritual del pensamiento de Dios.
Hermanos, NO enfrentamos estos tiempos peligrosos con aceititos y cosas raras, ni actos sin fruto; sino con la palabra de Dios, con el conocimiento que se adquiere estudiando su palabra. Su palabra está escaseando porque hay mucha psicología humana metida en la iglesia.
Llevando cautivo: gr. subyugar, someter, llevar bajo control. En este texto: ¿A quién sometemos y tenemos bajo control? No al diablo, sino a nuestros pensamientos.
Subyugar es la forma en que un policía arresta a un ladrón: no lo hace con dulzura, lo hace con fuerza, no con caballerosidad o como si el ladrón fuera un cliente selecto, sino con dureza.
Todas esas ideas mundanas deben ser derribadas con violencia. Llevando cautivo todo pensamiento: en el original se refiere a planes, ideas, razonamientos, habla del ingenio humano, de la habilidad humana para crear.
Hay ideas “creativas” y planes que deberían ser derribados porque son netamente humanos. Por ejemplo, ahora a cobrar por una actividad le llaman “costos de recuperación” cuando la Biblia nos dice que demos de gracia lo que recibimos de gracia. Jesús nunca cobró por sus enseñanzas ni milagros. Él tocaba a la gente y les enseñaba con compasión sin una tarifa.

Sacado de Casa de Oracion

Tuesday, August 21, 2012

¿Por qué sufren los cristianos?


¿Por qué sufren los cristianos?
Eliseo Apablaza
Quisiera, con la ayuda del Señor, compartir hoy algunas cosas relacionadas con los padecimientos o los sufrimientos que un cristiano tiene, intentando delante del Señor buscar algunas razones por qué sufren los cristianos.
No pretendemos decir todo en un mensaje, encontrar todas las causas, todos los porqués; pero algunas cosas quisiéramos exponer, de lo que el Señor nos ha mostrado en este último tiempo, para que estemos apercibidos, para que sepamos cómo enfrentar las dificultades cuando vienen.
La santidad encarnada
Vamos a comenzar viendo algunos versículos en 1ª de Pedro 1:15-16: "...sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo".
¿Qué tiene que ver esto de la santidad con el sufrimiento de los cristianos? El Señor dice: "Yo soy santo". Nosotros sabemos que Dios es santo; nosotros cantamos una canción que dice: "Santo, santo, santo". Los ángeles también cantan esa canción. En los cielos hay alabanzas por la santidad de Dios.
Pero también dice: "...como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir". El camino de la santidad nos produce muchas veces dolor, sufrimiento. Como un hermano ha dicho, si queremos caminar con Dios, tenemos que hacerlo a su manera, no a nuestra manera. Dios no se acomoda a nuestra manera de vivir; somos nosotros los que tenemos que acomodarnos a la manera de Dios.
Y en nosotros no mora el bien; en nosotros está el pecado. Desde que Adán cayó, toda la raza humana cayó, y es esclava del pecado. El Señor Jesucristo vino para darnos vida, para darnos libertad. ¡Bendita es la obra del Señor Jesús en la cruz! El Señor Jesús nos justificó, según Romanos 5, y según Romanos 6 nos santificó, y según Romanos 8 nos glorificó. Qué preciosa enseñanza, qué preciosa realidad encontramos en Cristo.
Pero, hermanos, el hecho de que el Señor nos haya santificado al morir en la cruz, juntamente incluyéndonos a nosotros, el viejo hombre, esa santidad de la cual se habla allí es una santidad imputada, una santidad atribuida. "Él es santo y él nos santifica", dice en otra parte la Escritura.
Pero, para que esa santidad de Dios pueda encarnarse, pueda verse en nuestra vida, ahí hay un motivo de sufrimiento, porque nosotros, a buenas y a primeras, no vamos a acomodar nuestro paso al paso de Dios. Sabiendo que él es santo, nosotros vamos a querer conservar todavía algunas viejas maneras de ser, algunas viejas maneras de vivir, y vamos a querer seguir llevando con nosotros muchas cosas que el mundo hace, que el mundo dice.
Eso puede suceder durante algún tiempo. Podemos vivir la vida cristiana dos, tres, cuatro años, cinco años, y a nosotros nos parece que es posible vivir así, diciendo: "Tú eres santo, santo, santo", y nosotros viviendo de una manera "pecaminosa, pecaminosa, pecaminosa".
Puede pasar algún tiempo en que eso sea así; pero puede llegar y debe llegar un día en que Dios nos dice: "A ver, un momentito, tú dices que yo soy santo, y que yo soy tu Padre. A ver, acomodemos un poco tu vida, hagamos algunas adecuaciones en tu vida, para que tú, cuando me digas que yo soy santo, eso salga de una boca que es santa, y proceda de una vida que es santa". No sólo esta santificación atribuida o imputada, de que porque él es santo nosotros somos santificados en él. No, sino que nosotros seamos transformados en santidad; es decir, la santidad impregnada, personificada, en nosotros.
Ustedes conocen esa palabra que dice: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios". Y Verbo se puede traducir como Palabra. Entonces, podemos decir también ese versículo así: "En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios". Y leyendo más abajo en el versículo 14 de ese mismo capítulo dice: "Y aquel Verbo fue hecho carne". Es decir, "la Palabra se hizo carne". Eso se dice del Señor Jesús.
Pero, he aquí, hermanos, un gran acontecimiento tiene que suceder en nosotros también. "La Palabra se hizo carne". En ti y en mí, la Palabra tiene que hacerse carne.
En el caso del Señor Jesús, primero estaba la Palabra, porque él era eternamente la Palabra, y luego se hizo carne. En nosotros, al revés, primero somos carne, y después recibimos la Palabra, y nos transformamos de acuerdo a esa Palabra, de tal manera que nosotros seamos también una Palabra encarnada.
Cuántas cosas estamos creyendo nosotros, confesando, sin que eso sea vida, sin que eso esté encarnado en nosotros. Cuando el Señor, en un momento dado, nos muestra cuántas cosas yo digo que no están encarnadas, eso produce una sensación muy grande de dolor, de vergüenza.
Participar de su santidad
Hebreos 12:10: "Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad". Dice aquí que el Padre nos disciplina para que participemos de su santidad.
Ahora, quisiéramos destacar la palabra 'participemos'. ¿Qué significará 'participemos'? Para que nosotros participemos de su santidad. ¿Significará algo así como 'conocer'? ¿Para que 'conozcamos' de su santidad? No. 'Participar' tiene que ver con la vida, algo práctico.

En realidad, participar de su santidad es llegar a ser santo como él es santo. Pero eso, no en doctrina, hermanos, no en conocimiento bíblico, sino en nuestra carne, nuestra alma. Entonces, he aquí una causa, un motivo de dolor y de aflicción.
En el Salmo 39, hay un versículo que es dolorosamente real. Dice: "Con castigos por el pecado corriges al hombre, y deshaces como polilla lo más estimado de él". Aquí está de nuevo la disciplina. La disciplina viene como una corrección por el pecado. Pero luego dice: "...y deshaces...". O sea, junto con corregir por el pecado, dice que deshace como polilla lo más estimado de él. Y eso produce dolor.

¿Qué cosas el Señor está deshaciendo en nuestras vidas? Cosas estimadas, cosas valoradas; cosas que nos producen satisfacción, nos producen orgullo. El Señor deshace todo eso. El camino de la santidad es un camino doloroso.
No estamos hablando aquí, como digo, de la doctrina, de la enseñanza de la santidad, sino de la vivencia, de la encarnación de la santidad en nosotros. Entonces, en un profeta se dice: "¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo?". El Señor nos dice: "El que quiere ser mi discípulo, tome su cruz y sígame". Ya seguimos al Señor Jesús, pero, ¿de qué manera lo seguimos, a la manera nuestra o la manera suya, con las normas nuestras o con las normas suyas? El Señor nos dice: "O andas a mi manera, o no andamos juntos. O tú cambias... Yo no voy a cambiar para acomodarme a ti". Esto es fuerte.
Un hermano dice: "Las condiciones para tener compañerismo con Dios no son fáciles; son severas". Por ejemplo, es necesaria una verdadera separación del mundo. No podemos marchar nosotros al son de dos melodías – la melodía del mundo y la melodía del evangelio. Y las melodías del mundo son muy seductoras. No podemos ir con Cristo y, al mismo tiempo, ir con todas las demás cosas que cargamos o traemos del mundo.
La exigencia del Señor Jesús trae una gran perturbación al corazón, trae un momento de 'impasse' muy fuerte. Puede haber un momento en que no entendemos nada qué está pasando. Aparentemente, lo he hecho todo bien; aparentemente, todo está normal. Pero por dentro hay un verdadero temporal; en el corazón, hay un terremoto. El día se nubló. "¿Qué pasa, Señor?".
Puede pasar algún tiempo, algunos días, semanas, a veces, meses. Puede ser que no entendamos qué pasa, hasta que de pronto el Señor nos empieza a dar luz acerca de cuantas cosas tienen que ser removidas en nosotros. Y el Señor nos dice: "Si quieres caminar conmigo, tienes que hacerlo a mi manera, bajo mis principios, según mis normas; porque yo soy santo".
"Señor, pero, a ver, ¿en qué punto exactamente está mi problema?". Y el Señor parece que guarda silencio, no nos aclara de inmediato cuál es el punto. Y pasan otros días de desconcierto, de dolor, de angustia. Y de repente, el Señor muestra una pequeña cosita, y después otra cosa. Cómo quisiéramos entonces que el tiempo transcurriera rápido, y que el Señor nos dijera de una vez todo lo que quiere decirnos, todo aquello en que le estamos ofendiendo, todo aquello en que su santidad no es satisfecha en nosotros. Pero a veces suele pasar un doloroso tiempo de espera.

¿Cómo nos hace partícipes él de su santidad? La santidad es dolorosa. Veamos 1ª Juan 1:9: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad". Por mucho tiempo este versículo no lo había entendido con mayor profundidad, porque me parecía que "perdonar nuestros pecados" y "limpiarnos de toda maldad" eran cosas sinónimas. Pecado y maldad, perdonar o limpiar, era como lo mismo. En la traducción que nosotros usamos no está muy claro el sentido original, pero en otras traducciones está mejor. Como ésta: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda iniquidad". La Biblia de Jerusalén dice: "...y purificarnos de toda injusticia".
Entonces, aquí está más clara la diferencia; son dos trabajos distintos que hace el Señor. Por un lado, si nosotros confesamos nuestros pecados, él perdona nuestros pecados en virtud de la sangre de nuestro Señor Jesús. Esa es una cosa. Pero lo otro es purificarnos de toda iniquidad. La purificación tiene que ver con la depuración; nos trae a la mente un horno con un metal -el oro, por ejemplo- que es sometido a altas temperaturas para ser depurado, limpiado. Porque nosotros, de acuerdo a la primera parte de este versículo, podemos ser perdonados de nuestros pecados, pero seguir pecando otra vez, y otra vez, y otra vez.
Pero si el Señor nos purifica de nuestra iniquidad, es otra cosa diferente, es un trabajo distinto. Y ese trabajo de la purificación de la iniquidad no es un asunto de decirlo: "Ya, te purifico de la iniquidad". Cuando alguien perdona a otro, dice simplemente: "Te perdono". La palabra es suficiente. Pero la purificación implica un proceso. Cuando somos perdonados, estamos felices, porque nuestro pecado es perdonado. ¡Gracias, Señor, quedamos libres! Pero cuando somos purificados, eso trae dolor, trae angustia, sufrimientos. Cuando somos perdonados, no somos cambiados. Pero la purificación trae una transformación.
Para perdonar, basta una palabra; para purificar, se necesita el fuego de la aflicción. Por eso, David decía: "Purifícame, y seré limpio". Pero no es asunto de este pecado que tenía que ser perdonado, cuando él pecó contra Dios en lo referente a Betsabé. Lo que David necesitaba no sólo era el perdón; era una transformación, para no volver a hacerlo.
En Zacarías 13:9, hay una palabra profética que tiene que ver con esto. Dice: "Y los meteré en el fuego, y los fundiré como se funde la plata, y los probaré como se prueba el oro". Probar el oro, purificar el oro, someterlo a las temperaturas más altas, para que salga toda la impureza.
Amados hermanos y hermanas, pudiera ser que nosotros hemos sido perdonados de nuestros pecados una y otra vez. Pero ese perdón de nuestros pecados nos puede hasta convertir en un poco insensibles al pecado. Total, la sangre está disponible, hay perdón en la sangre del Señor. Pero, ¡cuidado!, que también con eso, junto con eso, llegará un momento en que el Señor nos purificará de nuestra iniquidad, y eso es doloroso. ¿Para qué? "...para que participemos de su santidad".
Dios utiliza al diablo para tratar con nosotros
Hay también otro motivo de dolor, de aflicción para los cristianos, y tiene que ver con el diablo. Fíjense que, al menos en tres partes, la Escritura es muy explícita al decir que Dios utiliza al diablo para tratar con nosotros. Es como que Dios autoriza al diablo para tratar con nosotros. Claro, nosotros, como creyentes, sostenemos – y es la verdad – una verdad fundamental para nosotros, creemos que el Señor Jesús venció al diablo, que es un enemigo derrotado.
Pero, cuando Dios utiliza al diablo para herirnos, para tratarnos, entonces pareciera ser que el diablo tiene mucho poder, y que aunque nosotros pidamos socorro al Señor, el Señor no nos socorre, parece que todo se confunde: la proclamación no tiene fuerza, el nombre del Señor parece que no tiene poder. El enemigo viene, y con fuerza. ¿Cómo se entiende eso?
¿Se acuerdan en el primer capítulo de Job? Miren lo que dice. Aquí Satanás habla con Dios, y le dice: "¿Acaso teme Job a Dios de balde?". En el versículo 9. "¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición; por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra. Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia. Dijo Jehová a Satanás: He aquí, todo lo que tiene está en tu mano...". Aquí Dios autoriza al diablo para que toque todo lo que Job tenía. Y de pronto, de un día para otro, Job pierde no sólo sus bienes, sus animales, sino sus hijos.
El Señor Jesús, en Lucas 22:31-32 dice: "Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte". Satanás pidió a Pedro para zarandearlo y, ¿cuál fue la respuesta del Señor a Satanás? ¿Sí o no? ¡Sí! "Sí, te autorizo". Dice: "Yo he rogado por ti, que tu fe no falte". O sea, el Señor no dice: "Yo he rogado por ti para que no seas zarandeado". ¿Verdad que no dice así? Dice: "...para que tu fe no falte". Para que, en medio del zarandeo, tu fe no falte.
Ahora, hay un tercer caso en 2ª Corintios 12:7-9. Dice: "Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo".
¿Qué pasó aquí? Dios permitió que, de parte de Satanás, hubiera alguien -un demonio, seguramente, o alguna cosa - que abofetee a Pablo. Fíjense lo que significa abofetear a un siervo de Dios. Y Pablo dice: "Por favor, quita al que me abofetea". Y el Señor dice: "No". Aquí está de nuevo Satanás, siendo usado por Dios para tratar con sus siervos.
Ahora, intentemos por un minuto, saber por qué razón Dios permitió que Job fuera tocado; por qué era necesario que Pedro fuera zarandeado, y por qué era necesario que Pablo fuera abofeteado.
Si miramos a los dos primeros, a Job y a Pedro, vemos que se parecen en varias cosas. Primero, ambos sobresalían entre sus iguales. Segundo, ambos tenían ascendiente sobre los demás; es decir, eran personas que estaban ubicadas en un sitial como de liderazgo. Job era una persona respetada en su tiempo, todos los hombres de su época lo admiraban. Pedro, entre los discípulos, era el más prominente. Tercero, ambos tenían un gran concepto de sí mismos. Cuando Job hace uno de sus discursos por ahí, en uno de los capítulos de su libro, habla maravillas de sí mismo. Y Pedro, cuando dice: "Aunque todos se escandalicen de ti, yo no me escandalizaré de ti; todos podrán hacerlo, pero yo, no". Tenían un alto concepto de sí.
Yo me imagino al Señor viendo a Job, viendo a Pedro; escuchando a Job, escuchando a Pedro, hasta que llega el día en que dice: "Yo a estos dos no los soporto más. ¡Son tan petulantes, son tan presumidos! Ellos no se conocen a sí mismos. Voy a permitir que el diablo los toque, para que quede en evidencia lo que ellos verdaderamente son".
Y entonces, después de todo lo que pasa con Job - que llegó a estar enfermo de una forma horrible, que aun su esposa lo menospreció y le habló duramente - Job llega a humillarse hasta el polvo, hasta las cenizas, y dice: "Señor, yo no te conocía, mas ahora mis ojos te ven. Yo pongo la mano en mi boca para no hablar más necedades. Pongo la mano en mi boca para no hablar delante de ti. Soy un necio".
Y Pedro. ¿Se imaginan esos tres días, mientras el Señor estuvo en la tumba? ¡Cuántas cosas Pedro habrá pensado! ¡Cuántas cosas se habrá lamentado! Por eso, Pedro, después, cuando viene de vuelta, el Señor le dice: "Tú, Pedro, ¿me amas?". Y Pedro le dice: "Sí, Señor, yo, yo te aprecio". "Pedro, ¿me amas". "Señor, yo te estimo". "Pedro, ¿me amas?". "Ah, Señor, tú sabes todas las cosas, tú sabes que yo te estimo". Nunca Pedro se atreve a decirle ahí: "Yo te amo".
En esta versión que nosotros usamos, la Reina-Valera dice: "Yo te amo". Pero en el griego no es la misma palabra; es otra palabra menor, como cuando nosotros decimos: "Yo te estimo, yo te aprecio". Pedro no se atreve ni siquiera a decirle: "Señor, yo te amo", porque recién lo había negado.
Después del zarandeo, Pedro fue otra persona. Entonces, claro, Dios es todopoderoso. El diablo es poderoso; pero el Señor es todopoderoso. Y el diablo, a veces, sin darse cuenta, pero sin poder evitarlo, sirve a los propósitos de Dios, para nuestro bien. Claro, cuando Dios le permite al diablo que zarandee a Pedro, Satanás se va con todo, no sólo para zarandearlo, sino para destruirlo. Porque el diablo quiere destruir. Sin embargo, allí está el límite que Dios le pone.
Dios siempre le pone un límite al diablo cuando trata con nosotros. Por eso, respecto a Job, le dice: "Toca todo lo que él tiene, pero a él no lo toques". Y después, cuando se trata de Pedro, el Señor dice: "Yo he rogado por ti, para que tu fe no falte". Es decir, junto con Dios permitir aquello, él mismo le pone límite, para que no lo destruya, porque si no, nos destruiría. Pero, ¡bendito sea Dios!, él tiene todo poder.
Y aun estas experiencias dolorosas de las cuales estamos hablando son permitidas por el amor de Dios. Todo lo que Dios hace con nosotros, lo hace por amor. Él nos conoce tan bien, él sabe que no hay otra forma para ser purificados, a no ser el fuego de la aflicción, el fuego de la angustia.
Hermanos, en estos días hemos sabido de muchos hermanos y hermanas que están pasando por aflicciones, por pruebas, por tribulaciones. Estamos aquí intentando encontrar algunas causas, algunas razones de por qué sufren los cristianos.
Hemos hablado de que nosotros tenemos que ser hechos santos, transformados en personas santas, y hemos dicho que, para eso, no sólo nuestros pecados tienen perdonados, sino que nosotros tenemos que ser purificados de toda iniquidad. Estamos diciendo aquí que a veces Dios permite que Satanás nos toque. Todas estas cosas pueden suceder.
En el caso de Pablo, él fue abofeteado. Claro, Pablo había recibido tantas bendiciones espirituales, que él podría considerarse un 'súper cristiano'. "¿Quién ha estado en el tercer cielo? ¿Quién tiene la revelación que yo tengo", podría decir Pablo. Y podría decirle a un hermano pequeño: "Y tú, ¿quién eres para que me hables a mí así?".
Entonces, Dios le envía a alguien que lo abofetee. Y una bofetada, ustedes saben, no sólo es dolorosa; sino, más que eso, es vergonzosa. Cuando una persona es abofeteada, yo creo que lo que más le duele es la vergüenza de haber sido abofeteada. ¡Y Pablo era abofeteado! Pero él había aprendido a caminar con ese aguijón, de tal manera que dice: "Me glorío en las dificultades, me glorío en las angustias, me glorío en los golpes que recibo; porque cuando soy débil, cuando soy humillado, cuando soy avergonzado, entonces soy fuerte".
Ahora, aquí hay un asunto importante que tenemos que decir. Hay una parte de la Escritura en que nos dice que nos humillemos bajo la poderosa mano de Dios, que él nos exaltará cuando fuere tiempo. Y dice también que nosotros debemos resistir al diablo.
Aquí hay algo que tenemos que aclarar. Cuando estamos pasando por este tipo de aflicciones, por este zarandeo, cuando sentimos que el enemigo nos hostiliza, nos rodea por todas partes, ¿nos dejaremos llevar para que haga todo lo que quiera con nosotros? ¡No! Nosotros tenemos que, de acuerdo a esta Palabra, someternos, humillarnos bajo la poderosa mano de Dios, y luego, cuando eso ocurra, recibiremos la gracia, la fuerza para resistir al diablo. Aceptamos lo que viene de Dios, en humillación, en sometimiento; pero tenemos que estar atentos para que el diablo no se aproveche de nuestra debilidad.
Someternos a Dios - ahí está la clave. Si nos sometemos a Dios, nos humillamos bajo la poderosa mano de Dios, diciéndole: "Señor, tú eres justo, tú eres santo. Este dolor que me ha venido, esta aflicción que estoy sufriendo, la merecía, Señor. Veo que es necesaria para mí. Veo que este horno de aflicción era preciso que lo viviera. Señor, yo me humillo delante de ti; no tengo quejas, Señor, no tengo reclamos". Eso es humillarse bajo la poderosa mano de Dios. Y estar ahí, en silencio, esperando con paciencia, hasta que la tempestad amaine, hasta que el Sol de justicia se levante.
Escandalizarse del Señor
Aquí hay, entonces, algunas explicaciones al dolor, al sufrimiento. Pero, para terminar, quisiera referirme a otra clase de sufrimiento, que no tiene una muy clara explicación. Veamos Mateo 11:2-6:
"Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro? Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí".
Juan está en la cárcel. Y vemos a Juan aquí, que, por primera vez en su ministerio tan fiel, tan exitoso, él tuvo una duda. Fíjense qué cosa extraña: la duda no la tuvo Juan al comienzo de su ministerio, sino al final. He aquí una debilidad de Juan. Y le envía a preguntar al Señor: "¿Eres tú aquel que había de venir?". Y Juan se olvida que él mismo había dicho: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
Tan grande es su turbación; tan grande es la tempestad que se le vino encima a Juan, que él llega a dudar que ese Jesús sea el Cristo. ¿Quién puede entenderlo? Entonces, ¿qué es lo que hace el Señor para darle la respuesta a Juan? Sana a los ciegos, a los cojos los hace andar; hace un montón de milagros allí, en presencia de los mensajeros de Juan, y les dice: "Vayan a Juan y díganle, cuéntenle. Y díganle. "Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí". ¡Extrañas palabras!
Juan está en la cárcel. Él ha predicado que Jesús vendría con poder, para limpiar su era, para guardar el trigo en el granero y para quemar la paja. Él ha predicado que Jesús vendrá como libertador, lleno de juicio. Y aquí ve a Jesús sanando enfermos, ¡y él, Juan, su siervo fiel, está en la cárcel! Jesús no lo va a ver, Jesús no lo va a consolar. Juan podía decir: "Jesús liberta a los cautivos... y a mí no me liberta".
Este es un punto que también puede sucedernos a nosotros. En algún momento de nuestra vida nos sentimos como encarcelados. "El Señor hace milagros por doquier, pero a mí no me mira, ni me escucha, ni se acuerda de mí. Estoy en la cárcel". ¿Cómo explicamos eso?
Las palabras del Señor a Juan –"Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí"– significan esto: "Bienaventurado es el que no se ofende conmigo, el que no se enoja conmigo, el que no tropieza en mí".
Hay momentos en la vida de un cristiano en que las oraciones parecen no ser respondidas. Y eso produce cansancio, produce desesperanza, desaliento. Y entonces, aun en el corazón de un fiel cristiano, pudiera levantarse una queja contra el Señor. "Todos los demás reciben bendición; yo no. ¿Qué te pasa conmigo, Señor? ¿Por qué me tratas así? ¿No eres compasivo, no eres tierno, no eres misericordioso? ¿No levantas tú al caído? ¿Y yo, Señor?".
Dice el Señor: "Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí", dando a entender con eso que no son muchos, no son todos, los bienaventurados. Es decir, da a entender que hay mucha gente que tropieza en Cristo, que se escandaliza de él, que se vuelve atrás y no quiere seguirlo más. Porque él es muy exigente; porque a veces, cuando pedimos una cosa, el Señor nos da otra. Le pedimos paz, y parece que nos da aflicción; le pedimos paciencia, y vienen problemas. Queremos acercarnos a Dios -¿le ha pasado a usted?- y comienza una multitud de problemas, como si él no nos escuchara, como si él no quisiera que le sirviéramos.
Muchas victorias se obtienen lenta y dolorosamente. ¿Por qué, si él tiene todo poder? El podría hacer así, y este vicio que yo tengo podría ser quitado... Sin embargo, ¡es tan lentamente la forma en que yo obtengo la victoria y con tanta dificultad! Las respuestas de Dios son lentas, a veces demasiado lentas.
Y los silencios de Dios... Usted ha orado por la conversión de sus seres queridos, de algún hijo, de algún nieto. Pero ahí él está, duro, como siempre – o peor que nunca. El Señor guarda silencio. ¿Nos escandalizaremos con él? Diremos: "Señor, por favor, ¿hasta cuándo? ¿Eres o no Dios poderoso? ¿Tienes poder o no para libertar?". Y el Señor guarda silencio. Usted oró, buscando alivio de alguna angustia, y no hay alivio. Parece que la carga es más pesada que antes. Entonces, en esas condiciones, ser leal a Cristo, es cansador, fatigoso.
Algo parecido ocurrió con las hermanas de Lázaro. El Señor estuvo varios días lejos, y Lázaro enfermo. Y Lázaro muere, y él llega después. "Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto". El Señor parecía que estaba distraído. "Está ocupado en tantas cosas; a mí no me ve, no me escucha. Parece que tienes algunos 'regalones', y yo no soy regalón de él".
Cuando nosotros oramos, a veces el Señor dice "Sí", y a veces dice "No". A veces no dice nada. Pero, sobre todo lo que estamos diciendo, por encima de todo lo que estamos diciendo, él nos ama, y su amor por nosotros es doloroso también. Porque el que ama, sufre. "El amor es sufrido". Él sufre por nosotros, con nosotros. Porque él nos ve sufrir, y él sufre, pero él sabe que no hay alternativa para nuestro sufrimiento.
Él dice: "Hijo, yo no puedo evitarte el sufrimiento, porque es a través de este sufrimiento que tu oración va a ser contestada". Porque nosotros habíamos orado: "Señor, quiero convertirme a ti de todo corazón, quiero servirte de todo corazón, quiero amarte de todo corazón. Transfórmame a tu imagen". Y cuando el Señor empieza a contestar la oración, lo hace a través de esto, a través de estas aflicciones. Porque esa es la manera como somos transformados. Esa es la manera, ese es el "Sí" de él muchas veces.
A veces, una oración no respondida es la mayor bendición para nosotros. La razón de sus "No" es enriquecernos, y no empobrecernos; la razón de su silencio es transformarnos, y no destruirnos. Sus propósitos son más altos; no los alcanzamos a ver. Las respuestas del Señor son más grandes que nuestras peticiones. Austin-Sparks dice: "Las palabras del Señor son como plata; pero sus silencios son como oro".
Si usted nunca ha pasado esta clase de aflicción, no va a entender de qué estoy hablando, y puede parecer que este mensaje no tiene mucho sentido. Pero si usted ha vivido algo de esto, sabrá de qué estamos hablando. Sus silencios no tienen una explicación, muchas veces. Pero el Señor nos dice: "Bienaventurado eres si no te ofendes conmigo".
¿Estamos ofendidos con él, porque él no nos ha respondido, porque él no nos ha socorrido a tiempo? ¿Estamos ofendidos con él? ¿Estamos como con un resquemor en el corazón, como con un desánimo? Decir: "No, no sigo más, no puedo más. La vida del mundo es tan fácil, es tan placentera. O, incluso, hay mismos cristianos que parece que nunca viven lo que yo estoy viviendo. No me comprometo más, no me consagro más... ¡Puros problemas!".
Si nosotros tenemos esa actitud, significa que estamos ofendidos con él, significa que estamos tropezando en él, que nos estamos escandalizando en él. Y él le dijo a Juan: "Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí". Es como si el Señor nos dijera: "Mira, yo soy el Señor; yo sé lo que tengo que hacer. No me pidas explicaciones".
Oh, a veces podemos decir: "Jesucristo es el Señor". Fácilmente decirlo. Pero, ¿sabe lo que significa decir eso? Significa decir que él tiene toda la autoridad en nosotros para hacer y para no hacer. Decir: "Tú eres santo, santo, santo", puede costarnos un gran precio en algún momento dado. Porque él no permitirá para siempre que nosotros le digamos eso a él, y que no seamos santos en toda nuestra manera de vivir. ¡El Señor tenga misericordia de nosotros!
Les leo un pensamiento de David Wilkerson para terminar. Dice: "La parte más difícil de la fe es la última media hora, justo antes de cuando Dios te va a responder. Cuando estamos a punto de renunciar, o de escandalizarnos, Dios comienza a actuar". Amén.

Tomado de Aguas Vivas

¿Qué hacer si un cristiano peca?



¿Qué hacer si un cristiano peca?
La voluntad de Dios es que los cristianos no sigan pecando. De hecho, es posible no seguirlo haciendo. Con todo, si un cristiano peca, hay provisión en Dios para recuperar la comunión con Él.
Inmediatamente después de recibir la salvación, se nos manda que no pequemos más (Jn.5:14;8:11). Toda persona salva, debe dejar de pecar.
¿Es esto posible? ¡Por supuesto que sí! Es posible, porque tenemos una vida que no peca, ni tolera el más leve indicio de pecado, ya que es santa como Dios. La vida nueva que tenemos es muy sensible al pecado; si vivimos por ella y le obedecemos, no pecaremos.
Sin embargo, si pecamos se debe a que aún estamos en la carne. Si no andamos conforme al Espíritu, en cualquier momento podemos pecar. Por eso dice en Gálatas 6:1: "Si alguno fuere sorprendido en alguna falta ..."; y en 1ª Juan 2:1: "Hijitos míos ... si alguno hubiere pecado ...". Todo creyente está expuesto al pecado, y es inevitable que peque (1ª Jn.1:8,10). Podemos decir por experiencia que es muy posible caer esporádicamente en el pecado a pesar de ser creyentes. Esto suele ser muy doloroso para un creyente que ama a Dios, y que quiere andar en santidad.

Consecuencias del pecado
¿Perecerá una personas que peca ocasionalmente? ¡No! El Señor dijo: "Y yo les doy vida eterna; y no perecerá jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano" (Jn.10:28). La salvación que recibimos es eterna. Este es un hecho inalterable.
Entonces, ¿no tiene importancia que una persona peque después de ser salva? Sí la tiene. Si un creyente peca, afronta dos consecuencias graves: en primer lugar, sufrirá en esta vida las consecuencias del pecado. El hermano de 1ª Corintios 5:5 fue entregado a Satanás, lo cual es terrible.
El Señor perdonó el pecado de David con la mujer de Urías, pero jamás se apartó la espada de su casa (2 Sam.12:9-13). En segundo lugar, será castigado en la era venidera. Cuando el Señor regrese "pagará a cada uno conforme a sus obras" (Mt.16:27). Pablo dijo que todos compareceremos ante el tribunal de Cristo, para recibir según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo (2ª Cor.5:10).
Aparte de estas dos consecuencias, el pecado interrumpe nuestra comunión con Dios. Para el creyente, tener comunión con Dios es una bendición y un privilegio muy glorioso; sin embargo, si pecamos, la perdemos inmediatamente. Cuando pecamos, el Espíritu Santo es contristado, y la vida en nosotros se siente incómoda, con lo cual perdemos el gozo y la comunión con Dios. Ya no tenemos deseos de leer la Biblia, ni de ver a los hermanos, ni de orar. Es un asunto serio pecar después de haber recibido la salvación. Se apaga la vida de Dios en el corazón.
Pero, ¿qué hacer "si alguno peca"? Si alguno pecare involuntariamente, ¿cómo puede restaurar su comunión con Dios?
El Señor Jesús llevó todos nuestros pecados en la cruz. Los que cometimos en el pasado y los que cometeremos en el futuro. Al momento de ser salvos, fuimos perdonados de todos los pecados que habíamos cometido hasta ese momento, conscientes o inconscientes. Pero hay algo más: Él también llevó en la cruz los pecados que habríamos de cometer después de ser salvos.

Un tipo del Antiguo Testamento
En Números 19 se menciona una vaca alazana. El sacrificio de esta vaca no satisfacía la necesidad del momento, sino una necesidad futura. Una vez degollada, la quemaban con  madera de cedro, hisopo y escarlata. La madera de cedro y el hisopo representan el mundo entero (1 R.4:33); y la escarlata (o grana) representa nuestros pecados (Is.1:18). Todo esto indica que los pecados del mundo se pusieron sobre la vaca alazana cuando ésta fue ofrecida a Dios. Esto representa la cruz del Señor Jesús. Allí se incluyeron todos nuestros pecados, pasados, presentes y futuros, grandes y pequeños.
Luego, se recogían las cenizas y se guardaban en un lugar limpio. Más tarde, si algún israelita había tocado algo inmundo, y necesitaba purificarse, era rociado con el agua que contenía esta ceniza.
Cuando un israelita ofrecía un toro o un cordero como ofrenda por el pecado, lo hacía porque conocía su pecado. Pero la ofrenda de la vaca alazana era diferente. Esta se quemaba, no por los pecados conocidos, sino por los pecados futuros.
Cuando uno pecaba, no necesitaba matar otra vaca alazana para ofrecerla a Dios, sólo necesitaba las cenizas de la que ya había sido sacrificada. De la misma manera, no es necesario que el Señor muera por segunda vez, porque su redención ya se consumó. Las cenizas de la vaca alazana representan la eficacia eterna e inmutable de la redención del Señor.
La eficacia de la cruz abarca todas las necesidades que lleguemos a tener en el futuro.

Es necesario confesar
Cuando un hijo de Dios peca, debe confesar sus pecados, porque si no lo hace, no podrá ser perdonado. No debemos encubrir el pecado (1ª Jn.1:9; Prov.28:13). No le cambiemos el nombre al pecado, ni nos justifiquemos.
Confesar es mantenerse del lado de Dios y condenar el pecado. Dios está en un extremo, los pecados en el otro y nosotros en el centro. ¿A qué lado nos inclinaremos? Si nos ponemos del lado de los pecados, nos hacemos enemigos de Dios (Col.1:21). Confesar significa regresar a Dios, reconociendo que hemos pecado. Los que andan en luz, sienten repulsión por el pecado, y confiesan genuinamente sus faltas. Los que se han endurecido, piensan que pecar es normal, no confiesan con el corazón ni aborrecen el pecado.
El Señor perdonó nuestros pecados para que dejásemos de pecar, no para que siguiésemos pecando. Pero, si alguno peca, "abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros  pecados" (1ª Jn. 2:1). La propiciación que se menciona aquí es la realidad del tipo de las cenizas de la vaca alazana. Basándonos en la sangre del Señor Jesús, podemos acudir a Él como nuestro abogado.
Cuando un hijo de Dios peca y no confiesa su pecado, pierde su comunión con Dios e interrumpe la relación íntima que había entre él y Dios. Esta comunión sólo se puede restaurar cuando confesamos nuestros pecados.
Tenemos que humillarnos y confesar nuestros fracasos y faltas delante de Dios. No seamos orgullosos ni negligentes, porque podemos caer en cualquier momento. Cuando confesamos nuestros pecados, la comunión con Dios se restaura de inmediato, y recobramos el gozo y la paz que habíamos perdido.


Tomado de  Aguas Vivas